CAPÍTULO 28. MILAGRO, EL ÁNGEL
Fue una mala racha. Aquellos días los pasaba en el Roca enterrado en bebida y tristeza. La caída fue sonada. Yo me había enamorado de ella, pero ella no de mí. Y así fue cómo el castillo de naipes que había construido con mis ilusiones se fue desmoronando. No cayó de golpe, sino lentamente, carta a carta. Y cada carta que caía, planeaba girando sobre sí misma, cogiendo velocidad y rabia, como una cuchilla, y en su descenso me cortaba con su borde afilado. Una tras otra. Hasta que no quedó ni una, tan solo mi cuerpo maltrecho, sangrando por cada rasguño en carne viva. Un dolor ácido, persistente, que se agudizaba al menor movimiento de mi piel. —¡Vaya desastre que hay aquí! — me dijo la desconocida recién llegada a mi universo. —¿Te importa que recoja un poco todo este desaguisado? — me preguntó. —Por cierto, me llamo Milagro, sin “s”. Y sin esperar a que respondiera, comenzó a recoger. Se deshizo de las cartas lacerantes; no sé lo que hizo con ellas, pero lo ima...