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EPÍLOGO FINAL... Y JOSÉ ÁNGEL

Y con este capítulo, querido lector, cerramos la serie HISTORIAS DEL ROCA. Pero antes de agradecerte tu compañía silenciosa durante este viaje, me sentía en deuda contigo por darte algo más de información sobre el que ha sido un personaje lineal, persistente y permanente en este y en otros libros anteriores ( Microrrealidades, 2013; Sesenta y nueve píldoras rojas, 2015; Antes de que se las lleve el viento, 2018 ), y no es otro que mi querido José Ángel. Él ha sido una constante en todas estas historias. Como el esqueleto del que se articulan todas las extremidades, o el tono del bajo que da cuerpo y ancla a la canción, José Ángel ha estado siempre presente. A veces silencioso, como un testigo mudo de este mundo loco en constante cambio alrededor. Otras veces siendo portavoz y actor principal de ese cambio necesario, o incluso siendo él mismo el propio cambio. En breve entenderás por qué no he podido dar más detalle de él hasta ahora. Y no es por otra razón que encontrarse en el progr...

CAPÍTULO 28. MILAGRO, EL ÁNGEL

Fue una mala racha. Aquellos días los pasaba en el Roca enterrado en bebida y tristeza. La caída fue sonada. Yo me había enamorado de ella, pero ella no de mí. Y así fue cómo el castillo de naipes que había construido con mis ilusiones se fue desmoronando. No cayó de golpe, sino lentamente, carta a carta. Y cada carta que caía, planeaba girando sobre sí misma, cogiendo velocidad y rabia, como una cuchilla, y en su descenso me cortaba con su borde afilado. Una tras otra. Hasta que no quedó ni una, tan solo mi cuerpo maltrecho, sangrando por cada rasguño en carne viva. Un dolor ácido, persistente, que se agudizaba al menor movimiento de mi piel.  —¡Vaya desastre que hay aquí!   — me dijo la desconocida recién llegada a mi universo.  —¿Te importa que recoja un poco todo este desaguisado? — me preguntó. —Por cierto, me llamo Milagro, sin “s”. Y sin esperar a que respondiera, comenzó a recoger. Se deshizo de las cartas lacerantes; no sé lo que hizo con ellas, pero lo ima...

CAPÍTULO 27. EL GOLPE

Nos habíamos citado en el Roca, a la misma hora de siempre. Aquella en la que el sol se pone y las farolas amanecen. La luz que emana del Roca a través de sus dos grandes ventanales haciendo esquina es como un faro de mar que guía a náufragos de la vida en busca de puerto seguro. Y es entonces cuando comienza el espectáculo. Seres de todo pelaje se van congregando lentamente, gota a gota, agolpándose en torno a la barra y a sus mesas. El bullicio sube de volumen volviéndose termómetro de un ambiente denso y compacto, que se va fraguando firmemente como la masa de un pan bien horneado. Nos encontrábamos sentados en dos mesas que habíamos juntado para estar más anchos, no sin el consiguiente cabreo de César, por quitarle espacio donde sentar a más clientes. Pero necesitábamos privacidad y distancia. Comencé yo por abordar el tema que nos traíamos entre manos por aquellos días. — No tendremos otra oportunidad como esta. Por Don Fausto sabemos que tras las fiestas del 24 de mayo lo van...

CAPÍTULO 26. DON FAUSTO

No era muy habitual verle socializar desde que había decidido colgar los hábitos y hacerse seglar. Antiguamente habíamos interaccionado mucho con él, desde la época de adolescentes, cuando era el párroco de la iglesia del barrio donde nos juntábamos sábados y domingos para las reuniones del oratorio salesiano. Obviamente nuestra motivación para acudir al oratorio no era en absoluto vivir la fe en Cristo y la contemplación de los preceptos religiosos, sino las fiestas que se organizaban por las tardes, donde conocíamos chicas del colegio de monjas cercano. Don Fausto siempre había sido una persona enigmática. Su forma de hablar, de actuar, de pensar… no recordaba a la imagen clásica de un sacerdote al uso. Más bien era alguien que pasaba como de puntillas, con paso lento, silencioso, pensativo, siempre meditabundo. Levitando contemplativo, respirando lo imprescindible, era etéreo, intangible, cuasi imperceptible. Era un místico de la vida, alguien que en su forma de mirarte te hacía ent...

CAPÍTULO 25. LITERATO SÁNCHEZ

Sería injusto decir que la vida había tratado mal a Fernando. Pero no, no era así. Es cierto que pasó algunas penurias, y en algún momento estuvo más en el otro barrio que en éste, por algún mal viaje de drogas y demás. Sin embargo, tuvo la suerte de una familia que le quería, que le dio estudios, cariño, apoyo y educación. De hecho, su infancia se desarrolló con normalidad. Sin ser el más popular de la clase, amigos nunca le faltaron, tenía un don de simpatía que fructificó en poder rodearse de un buen círculo social. A su vez tampoco le faltaron admiradores, pues de joven destacaba en el fútbol, deporte de moda por aquel entonces. Y ser un buen jugador del equipo te granjea puntos extra de reconocimiento y popularidad. Le conocíamos como literato Sánchez , haciendo honor a su apellido y preposicionando su facilidad para inventar historias de lo más rocambolescas, que comenzó a escribir y publicar, si bien es cierto que con un éxito moderado, acorde al nivel literario del manuscrito. ...

CAPÍTULO 24. LUIS ALBERTO Y...

Luis Alberto era un superviviente que se dejaba caer por el Roca. Para Luís Alberto, su existencia se basaba en la subsistencia. Era el paisaje que separaba la vida de la que huía y a la que llegaba. Un buscavidas al que nunca se le conoció oficio, si acaso algún beneficio esporádico a base de hacer recados de poco riesgo para camellos y matones. Pero en el fondo Luis Alberto se moría de ganas por entrar en la banda de Villacañas. Villacañas era el matón más reputado de la zona. Chico problemático desde su infancia, Villacañas pronto despuntó por su mala leche y su violencia. Se hizo un nombre a base de trabajar en la DGT: dirigía el tráfico de chocolate, farlopa y caballo en el barrio, mantenía la sagrada costumbre de cobrar religiosamente al momento, y la sana rutina de convencer con insanos mensajes de huesos rotos si era necesario. El dinero hizo de imán para rodearse de una guardia pretoriana que le hacía los recados y limpiaba sus trapos sucios. Trabajar con Villacañas era sinóni...

CAPÍTULO 23. LA POLVITOS

A nadie se nos olvidará el día en que conocimos a quien a partir de entonces pasaría a llamarse la polvitos . Estábamos Carlos, Víctor, José Ángel, Poncho, Josito, Emil y yo en el Roca, tomando algo. Un viernes más, era una jornada sin ningún plan especial en el horizonte, por lo que se presentaba una noche estándar de chistes y copas. Un matatiempos sin pretensiones ni postureos, simple camaradería de barra de bar y tiempo compartido. Al poco aparecieron por la puerta las Mataharis . Conocíamos con ese apodo a cuatro chicas del barrio, trabajadoras llegadas de otras provincias que vivían de alquiler en casa compartida para reducir gastos de una ciudad única e inevitable pero cara, muy cara. Durante el día se empleaban en trabajos varios, cualquier cosa que generase dinero, empleos generalmente irrelevantes y pasajeros, mal pagados, becas, pasantías, etc. Pero durante el fin de semana eran siempre una grata compañía en el Roca, de risas y coqueteos que aceptaban solícitas de quien les ...