CAPÍTULO 23. LA POLVITOS

A nadie se nos olvidará el día en que conocimos a quien a partir de entonces pasaría a llamarse la polvitos. Estábamos Carlos, Víctor, José Ángel, Poncho, Josito, Emil y yo en el Roca, tomando algo. Un viernes más, era una jornada sin ningún plan especial en el horizonte, por lo que se presentaba una noche estándar de chistes y copas. Un matatiempos sin pretensiones ni postureos, simple camaradería de barra de bar y tiempo compartido. Al poco aparecieron por la puerta las Mataharis. Conocíamos con ese apodo a cuatro chicas del barrio, trabajadoras llegadas de otras provincias que vivían de alquiler en casa compartida para reducir gastos de una ciudad única e inevitable pero cara, muy cara. Durante el día se empleaban en trabajos varios, cualquier cosa que generase dinero, empleos generalmente irrelevantes y pasajeros, mal pagados, becas, pasantías, etc. Pero durante el fin de semana eran siempre una grata compañía en el Roca, de risas y coqueteos que aceptaban solícitas de quien les quisiese costear un trago. Pero aquel día entraron cinco chicas. Con ellas apareció la polvitos. En aquel primer momento no sabíamos cómo se llamaba, y obviamente aún no tenía mote. Sólo reparamos en que era una chica guapa, algo chata de cara, piernas eternas, ropa ajustada estratégicamente y eso sí, sonrisa fácil y amable, puntito picarona. Con el devenir de la noche fuimos entablando conversación y tomando copas. El ambiente se fue animando. En un apartado conseguí hablar con ella a solas, y le hice las típicas preguntas-interrogatorio de primer día: dónde vives, de dónde eres, y a qué te dedicas.

—Soy estudiante de periodismo—, me dijo.

—Pero para vivir en esta ciudad tendrás ingresos de algún tipo, ¿cómo te costeas los gastos? —, le pregunté.

—Bueno, la gente me ayuda.

—Uhm, creo que no te entiendo —, le dije.

—Vale, te voy a decir la verdad, pero no te asustes. Mis compañeros de la facultad son muy generosos conmigo, si yo soy cariñosa con ellos—, me dijo. Y continuó: —Pero no pienses que soy una fulana, ¿eh?, que yo solo lo hago puntualmente para costearme los gastos, y no voy a vivir de ello toda mi vida.

Esto nos llevó a una conversación más profunda y sincera. La vi humana y honesta, su inicial pose de orgullo le servía de parapeto y escudo para salir delante haciendo lo que le era rápido y fácil a cambio de sufrir un mal rato. Una buena cantidad de dinero demasiado tentador por lo que la naturaleza te ha dado si prescindes de remordimientos. Alquilar el cuerpo por horas a cambio de billetes que, si no los miras, no se vuelven espejos. También me dijo que lo bueno de desplomarse y perder la dignidad es que pierdes el vértigo y el miedo a caer.

—Eso sí —, continuó con su historia de ingresos y trabajos esporádicos. He de reconocer que la universidad es una ganga. Los más generosos, los profesores, y los más reincidentes, los catedráticos.

—Y ¿cómo llevas las notas? —, le pregunté.

—Todo matrículas de honor, ¿Es que lo dudabas? —, me interpeló mientras me guiñaba un ojo, y continuó: —No solo soy buena en los estudios, como ya te has podido imaginar.

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