CAPÍTULO 26. DON FAUSTO
No era muy habitual verle socializar desde que había decidido colgar los hábitos y hacerse seglar. Antiguamente habíamos interaccionado mucho con él, desde la época de adolescentes, cuando era el párroco de la iglesia del barrio donde nos juntábamos sábados y domingos para las reuniones del oratorio salesiano. Obviamente nuestra motivación para acudir al oratorio no era en absoluto vivir la fe en Cristo y la contemplación de los preceptos religiosos, sino las fiestas que se organizaban por las tardes, donde conocíamos chicas del colegio de monjas cercano. Don Fausto siempre había sido una persona enigmática. Su forma de hablar, de actuar, de pensar… no recordaba a la imagen clásica de un sacerdote al uso. Más bien era alguien que pasaba como de puntillas, con paso lento, silencioso, pensativo, siempre meditabundo. Levitando contemplativo, respirando lo imprescindible, era etéreo, intangible, cuasi imperceptible. Era un místico de la vida, alguien que en su forma de mirarte te hacía entender que tenía cosas más importantes por las que preocuparse, todas ellas exclusivas de su mente. Aquella noche nos sorprendió verle aparecer en el Roca, entró y se pidió una cerveza sin alcohol. Tras unos momentos de incertidumbre (¿Será él, no será?) decidí acercarme y darme a conocer.
—Buenas noches, Don Fausto.
¿Se acuerda de mí? —
le dije mientras me regalaba una mirada de
arriba abajo. Con poco entusiasmo me dijo:
—Claro que me acuerdo,
¿qué tal te va todo?
—Bien—, le contesté. —Me alegra verle tan
bien, hacía tiempo que no sabíamos de usted, al menos desde que dejó los
hábitos. ¿Qué es de su vida ahora, a qué se dedica? — le
pregunté. Se quedó pensativo un rato, mirando hacia el suelo, meditando qué
contestar.
—Ciertamente hace
tiempo, hijo, hace tiempo. No fue aquella una decisión fácil. Ahora me dedico a
asesorar en un bufete de abogados, en casos de divorcios difíciles. Había
estado toda mi vida convencido de que el camino del señor era único, viviendo de
acuerdo a mis votos, con entera devoción y entrega. Pero mira cómo son los designios
del señor. Absolutamente imprevisibles, inescrutables. Quién me iba a decir a
mí que con el tiempo colgaría los hábitos y me acabaría casando con mi amante. Y
es que para mí, colgar los hábitos fue como quien abandona un farol encendido al
amanecer: no porque la luz ya no sirva, sino porque el sol te alumbra con mayor
intensidad otros caminos.
—Bueno—, le dije, —no ha colgado todos los hábitos, ha
decidido seguir con al menos alguno que, eso sí, ha salido de una penumbra silenciosa
para convertirse en un fuego refulgente. Ha cambiado una fe obediente por un
amor valiente. Y es que, el destino puede que esté escrito, pero si los caminos
del señor son infinitos, entonces todas las opciones son válidas. Así que,
enhorabuena, y brindemos por su coraje y entrega, por vivir una fe vocacional
que le ha exigido mucho más: honestidad y coherencia.
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