CAPÍTULO 22. PONCHO
Raramente venía al Roca si no era por trabajo. Había construido su prestigio como abogado penalista a base de ganar casos y librar del talego a narcos y secuaces. Poncho era un tipo que lucía una estudiada presencia desaliñada, tratando de disimular su clase y pasar desapercibido, pero le era imposible quitarse el aura de quien tiene estudios, de esos que te arreglan o te hunden la vida. No era un abogado barato, pero cuando se trata de evitar que te metan en la cárcel y jugar a recoger la pastilla de jabón, todo el dinero es poco. Y sus clientes iban bien calzados a ese respecto. La droga seguía siendo un negocio muy boyante a pesar de los años, quizá siempre lo sea. Según cambian los tiempos se va reinventando, adaptándose a los nuevos gustos imperantes. Los traficantes, expertos innatos en marketing (en las escuelas de negocio se debería estudiar este caso), solo tenían que adecuar su oferta, escuchar activamente a su cliente, empatizar, poner al consumidor en el centro del plan de acción, y dar a cada cual su capricho, merecido o no, siempre que haya pago inmediato. Pura microeconomía. Poncho solo cobraba al contado, por adelantado y en negro. Decía que —el dinero de verdad es el que se cuenta billete a billete —. Y añadía —si os dan a elegir entre dinero blanco y negro, siempre el segundo, que lo otro sólo sirve para engordar al gobierno y al banquero—. Comentaba que ya trabajaba con bastantes ladrones como para tener que dar de comer a otros tantos. A veces se apostaba en la barra del Roca y nos ilustraba, con un Macallan 10 en la mano. —Un caso se gana en la instrucción —, nos decía. Una noche nos contó su visión de la justicia y nos relató su liturgia, a modo de programa de cocina, sobre cómo se consigue la victoria en el juzgado:
—Queridos amigos míos, mis amigos. En estos tiempos que
corren, de comida rápida preparada, en comparación con otras épocas en las que
se sabía y se reconocía expresamente lo que era justo y legal, para bien o para
mal, como se reconocían los buenos platos de puchero, hoy día vivimos tiempos
en que el fascismo, la dictadura, el totalitarismo, etc, en definitiva la
oposición a una justicia entendida en sentido estricto y en todo caso algo
distinto a la tiranía de la magistratura (Belarra), se presenta de modo ambiguo,
ambivalente. Por todo ello, mi recomendación es la siguiente: al aceptar y
trabajar un caso, éste se debe enfocar desde
el minuto cero en la inocencia del acusado como hilo conductor. A fuego lento vamos
facilitando que las evidencias se incorporen al discurso de forma natural, casi
inocente, integrándose como quien no quiere la cosa. Y así vamos ligando las distintas
pruebas que, por separado, como los ingredientes de un plato, resultarían
inconexas, pero que con una buena hipótesis a modo de cazuela caliente acaban maridando
perfectamente, transformando elementos crudos y distintos en un arroz con bogavante.
Cada paso, cada cantidad (de información) y cada tempo son fundamentales. Solo
así se consigue cocinar un plato magistral para el magistrado, creando en su
mente una historia creíble, potente, sin fisuras, asentando en su conciencia el
concepto de inocencia de mi defendido. Y el secreto de convertir el caso en ese
plato sabroso y creíble es cocinarlo sin prisa, a fuego lento (Arguiñano), removiendo
el contenido mientras se mezclan los sabores, texturas y olores.
Aquel
mantra habría quedado muy convincente si no fuera porque en el fondo todos
sabíamos que los casos los ganaban gracias a generosos sobornos con los que
acompañaba el proceso de instrucción. Y es que, como él decía en privado, —en un proceso judicial no se puede dejar ningún detalle
al azar, ningún cabo sin atar, y ningún bolsillo sin llenar.
Comentarios
Publicar un comentario