CAPÍTULO 4. MARÍA
Por aquel entonces yo estaba liado con María. Ya iba para dos años que nos habíamos conocido y manteníamos una relación, digamos personal, o mejor dicho pasional. Ella era una mujer madura, segura de sí misma. Nunca decía que no si lo que se le proponía le resultaba interesante o mínimamente novedoso. Y nunca miraba por el qué dirán, ni el qué pensarán. Rondaba los cuarenta y tantos, rubio adquirido, cara redonda que disimulaba cualquier arruga, y cuerpo de curvas bien pronunciadas, acentuando su figura femenina y sensual de un perfil en “S” itálica, como un látigo que te castiga. Hablando de miradas, la suya era una mirada curiosa, certera, de esas que te ponen en alerta ante alguien inteligente y perspicaz. Si su mirada fuera un instrumento, sería un bisturí quirúrgico lacerante y profundo. No se le escapaba un detalle, y era capaz de descifrar el lenguaje no verbal con una precisión que a la vez admiraba y me imponía, sobre todo cuando quería colarle alguna historia; Me costaba, era...