CAPÍTULO 24. LUIS ALBERTO Y...
Luis Alberto era un superviviente que se dejaba caer por el Roca. Para Luís Alberto, su existencia se basaba en la subsistencia. Era el paisaje que separaba la vida de la que huía y a la que llegaba. Un buscavidas al que nunca se le conoció oficio, si acaso algún beneficio esporádico a base de hacer recados de poco riesgo para camellos y matones. Pero en el fondo Luis Alberto se moría de ganas por entrar en la banda de Villacañas. Villacañas era el matón más reputado de la zona. Chico problemático desde su infancia, Villacañas pronto despuntó por su mala leche y su violencia. Se hizo un nombre a base de trabajar en la DGT: dirigía el tráfico de chocolate, farlopa y caballo en el barrio, mantenía la sagrada costumbre de cobrar religiosamente al momento, y la sana rutina de convencer con insanos mensajes de huesos rotos si era necesario. El dinero hizo de imán para rodearse de una guardia pretoriana que le hacía los recados y limpiaba sus trapos sucios. Trabajar con Villacañas era sinónimo de ganar dinero rápido y tener las puertas abiertas de cualquier garito desde Cuatro Caminos hasta Chamartín, discoteca Sueños incluida.
Luis
Alberto le había tirado los tejos en infinidad de ocasiones.
—Villacañas — le decía, —si un día necesitas un tipo duro, leal
y agradecido, ese soy yo.
—¿Tipo duro? —Le preguntaba extrañado Villacañas, mientras sus esbirros
rompían en risotadas —¡Pero si no tienes ni media hostia, grillao! — le espetaba una y otra vez.
Un
día se hizo tarde en el Roca. Villacañas se había pillado una buena melopea con
un viejo amigo de la trena, Panizo. Ahora estaban celebrando haber cerrado un muy
buen acuerdo que le iba a proporcionar a Villacañas un flujo seguro y muy generoso
de coca colombiana, por una nueva vía que Panizo garantizaba que no estaba si
quiera fichada por la pasma. Villacañas y Panizo se trataban con la
familiaridad que sólo tienen los compañeros de trena, residencia que teje lazos
robustos como cadenas, y largos como condenas. Entre abrazos y fanfarronadas
habían prolongado la celebración, dando la noche libre a sus respectivos chicos
para que fuesen a divertirse. Con el alcohol desatando inhibiciones y lenguas, Panizo
le soltó a Villacañas que tendría que besar por donde él pasaba, gracias a los beneficios
que le facilitaría la mercancía que le iba a proporcionar. Villacañas, orgulloso
y altivo como todo macarra de barrio se incomodó con aquello, y se puso punto
violento. No le gustaba deberle nada a nadie, ni que le recordasen que no todo
estaba bajo su control. Por ello y con la melopea y la ira apoderándose de él, se
encaró con Panizo, le gritó, le agarró y le echó fuera del Roca. Allí le espetó
que sólo gracias a sus clientes podría dar salida a una mercancía que, si no
fuera por ello, no tendría valor alguno. Panizo se lo pensó, y sonriendo, decidió
sacar unos petas de su chupa para cerrar la discusión y recuperar el buen rollo
de la noche. Mientras se echaba la mano al bolsillo interior de su chupa
vaquera, sonó un disparo. Panizo, con ojos de sobresalto, soltó los petas para
echarse la mano a su costado izquierdo, que sangraba abundantemente. Bajó la
cabeza siendo consciente de lo que pasaba durante los breves segundos que apenas
tardó en caer redondo al suelo. De entre las sombras surgió Luis Alberto.
— ¡Qué Villacañas!, ¿tengo
o no tengo huevos? Menos mal que le he pegado un tiro a este perro que te iba a
sacar la pistola. Bueno, ahora que te he salvado la vida, me aceptas en tu
banda, ¿no?
—¿En mi banda? ¿Huevos?
Pero desgraciado, ¡te has cargado a mi socio, al que iba a ser mi proveedor principal!
Y
así fue como Luis Alberto volvió a ser chico de los recados, sin más
aspiraciones. Eso sí, lo fue unos meses después del altercado, pues tuvo que
desaparecer una temporada del Roca hasta que pudimos mandarle aviso de que a Villacañas
ya se le había pasado el cabreo. Y esto solo sucedió una vez que Villacañas pudo
encontrar otra ruta de entrada de mercancía colombiana, esta vez en sociedad con
quien era conocida aquí como la mamba blanca, y allí como la
mantis de Cali: María Fernanda.
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