CAPÍTULO 20. JENRY

Cuando Jenry entraba en el Roca, se notaba. Gustaba de oírse a sí mismo y en voz alta saludar al personal, uno por uno, comenzando por César. Jenry era un tipo fortachón, metro ochenta, unos noventa kilos muy bien llevados, de mucho músculo y poco escrúpulo, a pesar de estar rondando los cincuenta. Porque era de esa clase de tipos, ex boina verde del GOE, que nunca se podrán quitar de encima el porte y aroma que rezuman a lo Chuck Norris. Era un mercenario al que le sentaban mejor las balas que los trajes. Unos pantalones mimeta y una gorra beisbolera le servían de uniforme e identificación, aviso a navegantes. Sus puños hablaban el lenguaje que otros no gustan de escuchar. Jenry regentaba un negocio de reformas varias. Quiere decirse que igual te reformaba una casa como una nariz. Era el mal necesario, que dirían algunos cuando se buscan atajos al margen de la ley. Como un martillo que no pide permiso al clavo. Por un competitivo precio, antes de impuestos, aceptaba todo tipo de encargos con una única condición. Él siempre decía: si hay que arreglar algo con alguien, yo soy la persona indicada. Pero, eso sí, necesito garantías de saber que estoy haciendo lo justo. Nada de venganzas caprichosas o envidias insanas. Si alguien debe algo, que lo pague. Si alguien ha robado, que lo pague. Si alguien no se ha comportado de forma correcta, que lo pague. Porque nunca dejaremos de seguir educando a la población y evitar que esto se convierta en un sindiós, sin respeto ni ley. ¡Ah!, solo una cosita. Para que todo salga redondo, son cinco mil euros por adelantado.

Jenry patinó una sola vez. Aceptó un encargo a priori sencillo, donde tenía que dar un aviso a un moroso por la falta de pago de un alquiler. Siguiendo su modus operandi, siguió al deudor unos días, hasta que memorizó sus movimientos: casa, bar, ruta y costumbres. Una vez decidido cuándo y dónde eran el momento más discreto para asaltarle a solas, se dirigió hacia él, y después de dejarle el mensaje verbal, “paga lo que debes del traspaso o la próxima vez te dolerá aún más”, procedió a dejarle el mensaje no verbal, rompiéndole la mandíbula con un par de certeros golpes.

Unos días más tarde, un grupo de cinco desconocidos esperaban a Jenry a la salida del Roca. Con unas cervezas de más y compañía de menos, a la salida Jenri se encontró rodeado y en minoría, por lo que no le quedó otra que subir a una furgoneta gris sin rótulos a la que amablemente le habían invitado, pistola en mano. Se lo llevaron a las afueras y en un descampado de El Pardo le dieron una paliza que casi se lo lleva al otro barrio. Brazos y piernas se rompen y sueldan, ahí no hay peligro. Pero la fortuna le sonrió cuando cuatro costillas se sacrificaron al fracturarse para frenar los golpes que habrían reventado su bazo.

Jenry había pasado por alto algo importante en aquel trabajo. Días antes, cuando le propinaba el serio aviso a su último encargo no se había percatado que éste, ya con la mandíbula rota, le había intentado decir, balbuceando, que era subcomisario de policía.

Comentarios

Entradas populares de este blog

CAPÍTULO 4. MARÍA

CAPÍTULO 1. EL ROCA

CAPÍTULO 5. VÍCTOR