CAPÍTULO 25. LITERATO SÁNCHEZ
Sería injusto decir que la vida había tratado mal a Fernando. Pero no, no era así. Es cierto que pasó algunas penurias, y en algún momento estuvo más en el otro barrio que en éste, por algún mal viaje de drogas y demás. Sin embargo, tuvo la suerte de una familia que le quería, que le dio estudios, cariño, apoyo y educación. De hecho, su infancia se desarrolló con normalidad. Sin ser el más popular de la clase, amigos nunca le faltaron, tenía un don de simpatía que fructificó en poder rodearse de un buen círculo social. A su vez tampoco le faltaron admiradores, pues de joven destacaba en el fútbol, deporte de moda por aquel entonces. Y ser un buen jugador del equipo te granjea puntos extra de reconocimiento y popularidad. Le conocíamos como literato Sánchez, haciendo honor a su apellido y preposicionando su facilidad para inventar historias de lo más rocambolescas, que comenzó a escribir y publicar, si bien es cierto que con un éxito moderado, acorde al nivel literario del manuscrito.
Años
después volvimos a saber de él. Un conocido de un conocido de alguien nos había puesto en contacto, así que se le invitó a visitar el Roca un viernes
noche, en caso de que quisiera saludar a los antiguos amigos y ver cómo se
seguían emborrachando, igual que cuando tenían 14 años. Y allí apareció una
noche, con un abrigo de cachemir color camel y cuello subido, sobre un jersey negro
lacoste. Según aterrizó en la barra comenzó el relato de su vida, a sus
ojos exitosa, desde que había decidido dedicarse de pleno a la literatura.
Había escrito un par de libros, y sus opiniones sobre literatura eran
frecuentemente publicadas en revistas del género. La sorpresa llegó cuando le
preguntamos sobre su vida. —Aunque tengo pareja, vivo solo—, nos dijo. —Prefiero
vivir solo que, mal o bien, acompañado, pero no me malinterpretéis, pues no es
que no tolere a mi pareja, lo que no tolero es la convivencia ni la rutina con
nadie más que conmigo mismo—, añadió, acompañándolo de una gran carcajada,
puntito histriónica. Y continuó —no nos engañemos. El hombre ha nacido para
vivir solo. No es animal de pareja, es el león en la sabana, procreador
ocasional y social cuando conviene. Y la monogamia no es más que un invento
social del medievo, de profundo impulso cristiano, con un fin eminentemente
regulador sobre la herencia legítima feudal. Y lo del amor eterno, me lo paso
por la parte blanda y noble de la horcajadura. Debemos ser autosuficientes, autocomplacientes,
no dejar que fragüe el estado de dependencia producido por el sutil cemento que
rezuma la vida en pareja.
Como
aquello se estaba poniendo un poquito denso, decidimos cambiar de tema, y le
preguntamos:
—Y
la literatura, ¿Qué tal va? ¿Te da para vivir?
—No—,
contestó. —Si fuera por eso estaría muerto de hambre, y no tendría ni para este
abrigo. Vivo gracias a la ayuda económica de mi chica.
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