CAPÍTULO 21. YOLANDA
Me extrañó mucho ver a Yolanda entrar aquella noche en el Roca. Hacía tiempo que le había perdido la pista. Se decía en el barrio que se había largado con uno de los mafiosos del comercio chino. Sin embargo, nadie había podido dar fe de aquello. Pero yo al menos sabía la razón de su desaparición. Por ello me sorprendió verla reaparecer un viernes de mayo, entrando triunfalmente por la puerta con una pose orgullosa, cabeza alta y mirada viva, elegante como era siempre. En cuanto me localizó desplegó una luminosa sonrisa, sincera, honesta, ejecutora.
–
Juan, ¡qué sorpresa verte! ¡Y qué alegría, después de tanto tiempo!
Efectivamente,
ya habían pasado al menos dos años desde que nos vimos por última vez. Cómo olvidar aquel momento. Aquella
noche habíamos estado bebiendo en la terraza del Roca, junto con el resto de la
parroquia. Según avanzó la velada todo el mundo se había ido a casa, dejándonos
solos a Yolanda, a César y a mí. Yolanda, que tenía ganas de hablar, no paró de
contarme los tumbos que había ido dando desde la infancia, a los cuales yo
hacía un caso ligero, educado, caballeroso, acompañado de mms, y de ahás,
por aquí y por allí. Me contó que su principal problema era la impulsividad. No
pensaba bien las cosas antes de hacerlas, y por ello cometía errores que luego
le pasaban factura. Aquello la llevó de correccional en correccional, pasando
como moneda falsa sin dejar raíces, pero muchas cicatrices invisibles. Era una
residente sin residencia fija, pegada a un expediente que cambiaba de archivo según
engordaba su historial delictivo. Sin haber llegado a contarme el final de su
historia y de las últimas repercusiones de su impulsividad, motivo que la llevó
a visitar Alcalá Meco y no por gusto, nos interrumpieron repentinamente. Se nos
había acercado Pesquero, un yonki de la zona que conocíamos bien, pues era
fácil encontrarlo apostado en una u otra esquina del barrio. Pesquero arrastraba
su nombre desde la infancia, debido al empleo de su infortunado padre, el pescadero
del barrio. Pesquero había comenzado haciendo recados en la pescadería, para
posteriormente especializarse en el tráfico de drogas, entregas, colocadas,
repartos y trapicheos varios de cualquier sustancia estupefaciente. Volviendo a
aquella noche, Pesquero estaba exaltado, muy nervioso, tenía un mono de
campeonato. Tras pedirnos dinero, no llegó a esperar nuestra respuesta cuando
sacó directamente una navaja. Yolanda dio un respingo hacia atrás y desapareció, mientras yo trataba de calmar a Pesquero atrayendo su atención con
palabras inconexas que buscaban tranquilizarle, dialogar o, al menos, ganar
algo de tiempo, a ver si se calmaba. Sin darme tiempo a más, de repente sonó un
sonido seco, como el producido por el impacto de un objeto contundente. Pesquero
cayó fulminado al suelo. Yolanda, viniendo desde atrás le había golpeado en el
cráneo con un extintor que había conseguido en el Roca. Una buena leche, que
diría yo, una buena hostia, que diría José Ángel. De cualquier manera, golpe
certero, pensé, pues Pesquero no volvió a moverse del suelo. Ni a moverse, ni a
respirar. César, al oír el jaleo que había fuera salió a ver qué pasaba. Al ver la
escena y percatarse de la situación dijo mientras se rascaba la cabeza:
– La
que habéis armado. Pobre Pesquero, mira que acabar así de malamente. En fin,
chicos, a ver qué hacéis ahora, quiero esto limpio como la patena.
–
Pues que lo haga éste– le espetó Yolanda a César, mientras me señalaba con
el dedo y continuaba diciendo: –como no ha sido suficientemente hábil para
resolverlo, he tenido que solucionarlo yo. Ahora que se encargue él de
rematar la faena.
Y
así fue como me vi arrastrando el cuerpo inerte de Pesquero hasta unos
matorrales que había en las inmediaciones. Al día siguiente unos niños lo
encontraron y llamaron a la policía. A nadie sorprendió que un yonki hubiese
fallecido repentinamente, lo más seguro es que en un mal viaje se tropezase y se rompiese el cráneo en la caída.
Ahora,
meses después de aquella aventura y pasado el tiempo prudencial para que el
agua se aclarase, Yolanda venía a acabar lo que dejó a medias, aunque es cierto
que ya no necesitaba darme más explicaciones sobre su exceso de impulsividad.
Como ella misma me decía, —no consiento que me interrumpan, como
ya has podido constatar. Ahora espero poder acabar de contarte mi historia.
No
me atreví a cortarla, obviamente.
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