CAPÍTULO 27. EL GOLPE
Nos habíamos citado en el Roca, a la misma hora de siempre. Aquella en la que el sol se pone y las farolas amanecen. La luz que emana del Roca a través de sus dos grandes ventanales haciendo esquina es como un faro de mar que guía a náufragos de la vida en busca de puerto seguro. Y es entonces cuando comienza el espectáculo. Seres de todo pelaje se van congregando lentamente, gota a gota, agolpándose en torno a la barra y a sus mesas. El bullicio sube de volumen volviéndose termómetro de un ambiente denso y compacto, que se va fraguando firmemente como la masa de un pan bien horneado.
Nos
encontrábamos sentados en dos mesas que habíamos juntado para estar más anchos,
no sin el consiguiente cabreo de César, por quitarle espacio donde sentar a más
clientes. Pero necesitábamos privacidad y distancia. Comencé yo por abordar el
tema que nos traíamos entre manos por aquellos días.
—No tendremos otra
oportunidad como esta. Por Don Fausto sabemos que tras las fiestas del 24 de mayo
lo van a trasladar, y no sabemos a dónde. Por eso hay que actuar ya, pues después
le perderíamos la pista para siempre. Por otra parte, sabemos que el día 24
habrá mucha gente, muchísima. Barullo, música, ruido de gente y juegos, será un
momento propicio para entrar y cogerlo.
Al menos el ruido que hagamos al forzar la entrada quedará neutralizado
por el estruendo del ambiente. Por otra parte, nuestra presencia no destacará
entre la multitud que se va a congregar allí. Las cámaras de seguridad no
podrán discernir entre los cientos de personas que estarán entrando y saliendo
del patio.
—Pero ¿cómo sabemos
que aún estará allí en ese momento? —preguntó Josito, siempre atento a los
detalles.
—El domingo anterior Carlos, haciéndose pasar por un parado que busca el despacho de Cáritas, entrará por la portería principal, evitando las cámaras de la entrada de la Iglesia. Luego se perderá por el pasillo que da paso al edificio colindante, y se colará en la parroquia. Desde allí no le será difícil llegar hasta la capilla, abierta en festivo. Así confirmará que aún está en su hornacina.
José
Ángel, levantando la mirada de su segundo gin-tonic, preguntó:
—¿Y cómo entramos el
día de autos? Sería muy llamativo que nos viesen merodear por la iglesia en
lugar de estar en la fiesta del patio principal.
—Ese día Emil, Poncho
y Josito iréis vestidos de sacerdotes, con sotana. Entraréis por la cancela del
patio y os encaminaréis a la iglesia. Llegad hasta la puerta de la sacristía. José
Ángel, vestido con mono azul, os estará esperando para forzar la cerradura y
daros acceso. Él se quedará fuera vigilando, haciéndose pasar por el técnico de
sonido que conecta cables y altavoces, mientras vosotros habréis entrado en la
iglesia y vais directos a la capilla. Forzaréis la puerta de la misma
valiéndoos del candelabro que sujeta el Cirio Pascual, y una vez dentro lo
cogéis de la hornacina que lo guarda. Salís a la carrera, con cuidado de no
pisaros la sotana. José Ángel os dará la señal de salida, si no hay moros en la
costa. Víctor, vestido de repartidor de donuts, se cruzará con vosotros. En ese
momento introduciréis el cofre en la cesta de reparto que él tendrá en sus
manos, y lo ocultará. Carmina, en el patio, al ver una señal de José Ángel, se
deja caer desmayada para atraer la atención de toda la gente a su alrededor.
Entonces Víctor saldrá por la puerta principal hacia la furgoneta de reparto en
donde yo estaré esperando aparcado en doble fila.
—¿Y qué pasa luego con
el cofre? Preguntó Poncho, con cierta desconfianza, al darse cuenta de que en
ese momento le pierde la pista al mismo.
—Tendréis que confiar
en mí. Me llevaré el cofre y lo entregaré a la Hermandad, con quienes ya he
acordado la entrega. Ellos se encargarán de ponerlo a buen recaudo, de ahí en
adelante. Y ya nos dirán dónde se encuentra, una vez que las aguas se hayan
calmado.
Miré
a todos, uno por uno, y me dio la sensación de que cada uno había entendido el
plan y su papel.
—Pues si no hay más
preguntas —dije levantando mi jarra de cerveza, —os propongo que
brindemos porque las cenizas de Don Bosco estén siempre a buen recaudo. ¡A
nuestro recaudo!
Y
al grito de ¡Salve Don Bosco santo!
brindamos y dimos el plan por finalizado. Ya solo quedaba ponerse en marcha el
día acordado. Con ello no solo nos oponíamos a aquella ley tan injusta, sino
que la combatíamos, como se combate el mal. Acción-reacción. Ningún gobierno
progresista iba a decidir sobre dónde debían reposar las cenizas de nuestro
Santo Patrón, por mucha ley de Memoria Laica que se promulgase. Al César, lo
que es del César, a Dios, lo que es de Dios, y a la Hermandad Secreta Salesiana,
las cenizas de Don Bosco.
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