EPÍLOGO FINAL... Y JOSÉ ÁNGEL
Y con este capítulo, querido lector, cerramos la serie HISTORIAS DEL ROCA. Pero antes de agradecerte tu compañía silenciosa durante este viaje, me sentía en deuda contigo por darte algo más de información sobre el que ha sido un personaje lineal, persistente y permanente en este y en otros libros anteriores (Microrrealidades, 2013; Sesenta y nueve píldoras rojas, 2015; Antes de que se las lleve el viento, 2018), y no es otro que mi querido José Ángel. Él ha sido una constante en todas estas historias. Como el esqueleto del que se articulan todas las extremidades, o el tono del bajo que da cuerpo y ancla a la canción, José Ángel ha estado siempre presente. A veces silencioso, como un testigo mudo de este mundo loco en constante cambio alrededor. Otras veces siendo portavoz y actor principal de ese cambio necesario, o incluso siendo él mismo el propio cambio.
En
breve entenderás por qué no he podido dar más detalle de él hasta ahora. Y no es por otra
razón que encontrarse en el programa de protección de testigos, lo que
requiere mucha discreción y pocos datos. Mucho silencio y poco detalle.
Para
empezar, José Ángel no se llama así. Obviamente es su nombre ficticio. Su
verdadero nombre es Miguel Ángel, tal y como le puso su madre al nacer. Poco le
duró aquel nombre, se lo tuvo que cambiar en cuanto se metió en líos muy gordos
al testificar contra la mafia, pasando a estar protegido para seguir contando
amaneceres. Eligió como nuevo nombre el actual de José Ángel, aunque ya le avisaron
que con tan poco cambio sería fácil rastrearle, pero quiso homenajear a su
padre, con el nombre que siempre quiso ponerle. Y así anda ahora, mirando alrededor
constantemente, pues sabe que más pronto que tarde va a tener una visita indeseable.
José
Ángel es de un pueblo de La Mancha, de cuyo nombre no quiso ni acordarse Loquillo
tras dar el concierto más lastimero que haya podido dar en unas fiestas
locales. Pueblo de cuatro gatos, tres bodegas, dos iglesias y un alcalde, corrupto, pero solo un poco.
Antes
de eso, José Ángel se buscó la vida de mil maneras, ninguna digna de elogio. Hubo
un tiempo en que se dedicó a robar caballos. Sí, eso he dicho: robar caballos.
Parece que los buenos equinos no se venden mal en el mercado negro. Pero tuvo
que dejarlo después de que en una ocasión, saliendo al galope de una finca en La
Cabrera con un precioso jamelgo blanco recién robado, se cayó del mismo
perdiendo el conocimiento. Un Land Rover de La Guardia Civil le recogió y le
llevó primero a urgencias de La Paz, y al calabozo después, para pasar una
temporadita a la sombra.
Entonces
decidió dedicarse al alquiler de pisos ocupados. Seguía las subastas de casas y
edificios deshabitados que eran propiedad de bancos, las ocupaba y las alquilaba
acto seguido a gente sin papeles pero con necesidades. Negocio floreciente de
poco riesgo y mucho cliente. No le fue mal hasta que sus inquilinos, al descubrir que él no era el verdadero propietario, se convirtieron en inqui-ocupas,
y claro, nunca pudo denunciar a éstos al carecer de documento de propiedad
alguna.
En
otra ocasión se ganó la vida con la compra-venta de acciones. Daba órdenes de
compra masiva con financiación millonaria que sacaba de prestamistas poco escrupulosos.
Hacía subir abruptamente el valor de la acción, para acto seguido venderlo todo
y ganar con la diferencia. Todo fue bien hasta que en una ocasión no pudo ejecutar la venta. El mercado cayó, y se quedó entrampado con miles de euros en acciones
que pasaron a valer apenas unos cientos de euros. Como no pudo pagar al
prestamista, la mafia decidió ir a por él. Y no le quedó otra que delatarles, testificar
en su contra y esconderse con “otro” nombre en un bar cualquiera de la ciudad
más grande que encontró, Madrid. La barra del Roca le serviría para pasar más
inadvertido que en su pueblo de cuatro gatos. Miau.
José
Ángel es el mal necesario de esta insípida sociedad, la pimienta del solomillo,
un actor secundario que resulta ser el único superviviente del tiroteo en el
salvaje oeste. Si hubiese una guerra nuclear, solo sobrevivirían las cucarachas
y él. Y de lo primero, tengo dudas. Si sopla el viento, se cimbrea como el
bambú, se flexiona y se adapta, nunca quiebra. Es el corcho en la tormenta,
siempre flota. Siempre a flote. José Ángel podrá tener muchas virtudes, pero
defectos, muy pocos. Como el camaleón, se adapta, se camufla, se mimetiza. Mira
algo bisojo, amplía el campo de visión, oye, calla, hace y deja hacer. Estimado
lector, como epílogo final no puedo más que recomendarte que pongas un José Ángel
en tu vida. No te aburrirás jamás.
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