CAPÍTULO 4. MARÍA
Por aquel entonces yo estaba liado con María. Ya iba para dos años que nos habíamos conocido y manteníamos una relación, digamos personal, o mejor dicho pasional. Ella era una mujer madura, segura de sí misma. Nunca decía que no si lo que se le proponía le resultaba interesante o mínimamente novedoso. Y nunca miraba por el qué dirán, ni el qué pensarán. Rondaba los cuarenta y tantos, rubio adquirido, cara redonda que disimulaba cualquier arruga, y cuerpo de curvas bien pronunciadas, acentuando su figura femenina y sensual de un perfil en “S” itálica, como un látigo que te castiga. Hablando de miradas, la suya era una mirada curiosa, certera, de esas que te ponen en alerta ante alguien inteligente y perspicaz. Si su mirada fuera un instrumento, sería un bisturí quirúrgico lacerante y profundo. No se le escapaba un detalle, y era capaz de descifrar el lenguaje no verbal con una precisión que a la vez admiraba y me imponía, sobre todo cuando quería colarle alguna historia; Me costaba, era astuta. Respecto a nuestra relación, el hecho de que ella estuviese casada facilitaba las cosas. Generalmente nos veíamos en el Roca, con la noche ya avanzada. Y la segunda parte se jugaba en mi casa. Nuestra madurez nos hacía vivir la relación de una forma poco inocente, muy madura, directa y sincera. Unas cervezas y una botella compartida de verdejo bien frío eran lubricantes que catalizaban una amena conversación y hacían las veces de prolegómeno para, acto seguido, al deseo darle plena audiencia. Ambos teníamos muy claro que no íbamos a renunciar a nuestro estatus, ella estaba felizmente casada y yo felizmente soltero, y así seguiría siendo. Nunca se cansó de repetirme lo que le excitaba estar conmigo, y que yo era en su mundo algo diferente, complementario. Algo distinto a lo que ya tenía. Que tenía muy claros sus sentimientos en casa, y que, por otra parte, aquello que yo le aportaba y que vivíamos con enorme pasión jugaba en otra liga. Gustándose cuando analizaba nuestra relación, me decía que lo explosivo y a la vez esporádico de nuestros encuentros le daban la vida y garantizaban una larga existencia, lejos de cualquier desgaste de la rutina y la convivencia. Y he de reconocer que incluso llegué a creérmelo. Casualmente un día hablamos de los hijos. Yo le decía que para mí era un capítulo cerrado desde el principio, que mi instinto y sentimiento de paternidad brillaban por su ausencia. Pero ella me admitió que no podía negar haber fantaseado con la idea de tener un hijo conmigo. Me dijo que ꟷsería como culminar nuestra relación con algo compartido, crear algo, a alguien, y que ese alguien sería para siempre, hecho a medias en el momento en el que ambos nos regalábamos el máximo placer compartido y esa pasión sublime de entregarse el uno al otroꟷ. Mientras me hablada de ello le vi un brillo en los ojos que había visto muy pocas veces antes en ella, y que delataba un sentimiento intenso y vivo. Reconocí ese sentimiento, quizás efímero pero familiar y difícil de olvidar. Sin duda eso que ella me expresaba era amor. Sí, y ella lo negaba, quizá por protección, por distanciarse o poner una barrera de seguridad a su alrededor, era por lo que prefería seguir llamándolo pasión. —Pues nada, aceptamos pulpo—, pensé. Mirando el status quo, a fin de cuentas, ya me iba bien.
Comentarios
Publicar un comentario