CAPÍTULO 5. VÍCTOR
Ya íbamos por la segunda ronda en el Roca. Y una vez más, Víctor llegaba tarde. Como todos los viernes el Roca estaba hasta la bola, lo cual no fue problema para que él le mangase un taburete al primer parroquiano que se descuidó. Según llegó nos contó los problemas que había tenido en el trabajo. Víctor era imposible de catalogar, era imprevisible como el pronóstico del tiempo a siete días, y desconcertante como un informe médico. Inefable como pocos. Su nuevo jefe le había despedido, ahora que acababa de firmar su sentencia de divorcio, y se temía que no iba a ser capaz de pagar la pensión de manutención. Pero eso no era todo. Nos contó que también había tenido problemas con su último coche de tercera mano. Lo había vendido diez días antes, y ya le había fallado al nuevo dueño, que ahora le amenazaba con pasar a hacerle una visita por su casa si no se lo arreglaba de gratis. Curiosamente era el mismo fallo que quince días antes le había dejado tirado, motivo por el cual prefirió venderlo antes que arreglarlo, aunque olvidó comentar este pequeño detalle al comprador. –Una desafortunada coincidencia –, decía. Pero contándonos estas cosas, su tono no denotaba preocupación por estos temas, más bien al contrario. Se empeñó en pedir una botella de Lagavulin. Víctor bebía Lagavulin en las grandes ocasiones. Decía que cuando Dios meaba, creaba aquella maravilla. Decía que en la vida solo te puedes fiar del forense y del buen whisky. Lo leyó en algún libro, y lo practicó de por vida. Recuerdo que una vez me llamó porque tenía algo que contarme. Pidió Lagavulin para los dos y entonces me asusté, sin duda se trataba de algo importante. Me dijo que había dejado embarazada a su novia. Por segunda vez. Le felicité por su sobrevenida paternidad, a fin de cuentas, hay cosas peores. Pero esta noche en el Roca se empeñó en que hubiera Lagavulin para todos. Tanta alegría extrañaba, no tanto por sernos extraño su carácter erótico–festivo, sino por los acontecimientos relatados. José Ángel, desconfiado por naturaleza, se empeñó en preguntarle a qué venía tanta celebración.
–Muy fácil – contestó Víctor. –Al menos con
este despido podré dedicarles más tiempo a mis palomas mensajeras.
Víctor
tenía como afición la cría de palomas mensajeras, con las que competía a nivel
nacional. Las trasportaban a kilómetros de distancia, las soltaban, y ellas
solas eran capaces de encontrar el camino de vuelta al palomar, que él tenía en
su ático. Desde que le conocíamos nos llamaba la atención su afición por este
hobby tan insólito y atípico. Tenía que soltarlas a diario para que entrenasen, volando en círculos alrededor del palomar. Y luego el
mantenimiento: agua, pienso y medicinas varias, donde predominaba una mezcla de
antibióticos para las infecciones y psico–estimulantes para el rendimiento.
Sus palomas era lo único a lo que de verdad le daba prioridad en su vida. Todo
lo demás se adaptaba a esta tarea. Era frecuente que las sueltas las hicieran
desde distintos puntos de Marruecos: en barco y en camiones se llevaban allí las palomas enjauladas, y desde el país vecino y antipático las soltaban para que volviesen
lo antes posible a sus hogares.
No
supimos nada de Víctor durante una larga temporada. Finalmente nos enteramos de
que le habían encerrado en la cárcel. Por lo visto le habían pillado traficando
con cocaína. En las patas de las palomas, en lugar de las anillas
identificativas ponían pequeños paquetes de droga, que llegaban volando,
literalmente. La policía venía sospechando desde hacía tiempo por las excesivas
visitas de aquellas ratas del aire al país vecino, tan amigo del polvo blanco.
Demasiada afición a este deporte, sin que Victor aprovechase para enviar un souvenir
de productos típicos de la tierra. Como decía el Sherpa, –En la vida, mejor ir cargado
que hacer dos viajes–. Siempre que no te pillen con semejante carga, claro.
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