CAPÍTULO 1. EL ROCA
El Roca tiene muchas curiosidades en sí mismo. Lo primero es que su nombre no es el Roca, realmente se llama de otra manera. Pero esto es una guerra perdida desde que César decidió cerrar el antiguo Roca para trasladarse a un nuevo local a diez metros de distancia. El Roca auténtico era un pequeño bar de barrio que funcionaba bien, pero que adolecía de espacio donde poner una terraza que aliviase los calores del verano y aumentase la clientela. Fue ya hace cinco años cuando César decidió trasladar el bar al local contiguo, que hacía esquina con una zona peatonal, donde sí se podía poner una terraza suficiente para expandir el negocio al exterior. Ahora ya es imposible cambiarle el nombre, aunque el nuevo local aún conserva el letrero de su nombre original, descriptivo y simple como pocos: “La Esquina”. Pero cuando mudas en el mismo pack el negocio, personal, tapas, bebida y parroquia, el bar en sí no cambia, y su nombre es una marca imposible de borrar.
Conocimos el Roca cuando los bares olían a tabaco. Luego,
como la sociedad, fue cambiando con el tiempo, y el aroma se tornó a una
mezcla de Tortilla y Varón Dandy. No solo eso, La iluminación también cambió, y
en los últimos tiempos unos leds de luz fría hacían el ambiente de una seriedad
impuesta y antipática. Virginia solía decir que habría que matar a quien
pone luces frías
(SIC). La historia del Roca es la
crónica de la desolación humana, pariente de la soledad compartida en grupo. Un
grupo humano, compacto, denso, hediondo. A veces su atmósfera se ponía tan
espesa que la luz tenía que pedir permiso. Entonces saliamos fuera a fumar para
poder respirar. Pero eso era lo que la gente buscaba en el Roca, ese clima que
fomenta los vicios. A pesar de todo, de su falta de sexapil, diseño, estilo y
moda, el Roca resistía. Su atracción era indudable, y no se debía al propio
sitio, no. Quizá ese magnetismo se debiese al contenido y su energía era
meramente humana, resultado a una agregación de personas inconexas que
compartían intranscendencia y una gran capacidad de ver pasar el tiempo. En el
Roca el tiempo se paraba. No había diferencia entre mañana, tarde o noche.
Siempre lo mismo. Siempre los mismos. Como diría Chester Newman, el Roca es una
manera feliz de sobrellevar la tragedia. Era permanente, inmutable. Por eso nos
gustaba. Era predecible, un valor seguro. Quizá la única certeza en estos
tiempos cambiantes. No deja de tener gracia que fuese en un bar donde la
sociedad líquida se hacía sólida. Era en el Roca donde veíamos girar el mundo.
Ahí supimos por ejemplo de la boda de Carlos, del nacimiento de sus hijos, y de
su divorcio, todo en el mismo sitio, casi al mismo tiempo. Si la barra del bar guardase
memoria tendría más valor que el registro civil. El Roca era pequeño, pero
había de todo. No faltaban su televisión, mesas, sillas y tragaperras. Nunca
hubo más música de fondo que el comentarista deportivo de un partido de segunda
división. No lo busquen en las guías turísticas ni en locales con encanto.
Nunca sonará música de jazz de fondo, ni habrá veladas de monólogos. Pero de lo
demás, siempre había de todo.
La gente del Roca nunca va de visita. Lo habita. Siempre repite. Nadie sabe por
qué, pero se echan raíces a su alrededor y en su interior. Quizá sea absurda la
sensación de sentirse bienvenido en un sitio tan impersonal, y sin embargo
sucede. La gente que habita el Roca son personas anónimas. Importantes en su
mundo, sí, pero triviales en el cosmos. Hay profesores, alumnos, cocineros,
taxistas, viajeros, funcionarios, buscavidas y parados. Hay ingenieros,
encofradores, abogados, defraudadores, dependientas, corredores de seguros,
trapicheros y hasta una vez hubo un torero. Todos ellos seres iguales ante la
barra, pues la cerveza no distingue entre clases ni oficios. Son seres a veces
queridos, pero sobre todo que quieren querer. Si hiciéramos una encuesta ganarían
los desilusionados y los hartos de su propia rutina. Y mientras su planeta gira
lento e intranscendente, sin cambio ni emoción, se reconfortan viendo pasar el
tiempo con una cerveza en la mano.
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