CAPÍTULO 9. AURELIO

Era navidad, el Circo Mundial volvía a casa y se plantaba en el barrio por unos meses. Ello hacía que algunos trabajadores del circo se acercasen en sus ratos libres por el Roca a tomar algo. Me encontré con uno de ellos, Aurelio. A Aurelio le conocíamos de la escuela, del barrio y de vernos por el Roca en ocasiones anteriores. Era alto, delgado, fibroso. En la vida era de trago largo y mirada corta, más ágil con las manos que con la sensatez. Aquella noche me llamó la atención verle apoyado en la barra, con la mirada fija en su reflejo, en el espejo que forma la ginebra en vaso ancho. Tenía los ojos rojos, llorosos.

Al ver que le miraba, me dijo: —Amigo Juan, ella ya nunca sabrá lo que la quería. Esta vez se nos ha ido de las manos... Aún no puedo creer que después de tanto tiempo haciéndolo, haya pasado. Un mal momento, y todo ha terminado. Y lo peor, lo que más me apena, es que ya nunca podré decirle que la quería, a ella, a mi ayudante, la que me había robado el corazón, el tiempo y la razón.

—Bueno , acerté a decir, más por darle señal de que le escuchaba, que porque pudiese aportar algo útil. —Esas cosas pasan, cuando uno no se ha lanzado con valentía a mostrar sus sentimientos, lo que sucede es que se pierde un tiempo precioso, tiempo que ya nunca vuelve. Se pierden minutos, horas y días de estar con la persona amada. Y eso ya nunca te lo devuelve nada ni nadie. No hay justicia divina en esto, si es que la hay en algo. No hay tiempo que ponga las cosas en su sitio. Simplemente se fue, pasó y ya no volverá. Y ¿Por qué? Razones estériles, que restan y nunca suman, llámalo vergüenza, timidez, inseguridad…

—Gracias por tus palabras —, me dijo Aurelio, —aunque si lo que quieres es hundirme más, vas bien. Pero déjame que te abunde en el tema. Pues no es solo eso. Es cierto que el tema de mi amor oculto, no haberle declarado mis sentimientos es algo que me duele, mucho. Duele con ese dolor sordo y profundo, denso, ahogante y arrogante que sólo entendemos quienes lo hemos sentido. No es solo eso, también duele que nunca podremos estrenar el número que tanto habíamos estado preparado, tanto tiempo. ¡Iba a ser una primicia mundial, número único, rompedor, maravilloso! El número de Guillermo Tell versión actual de nueve milímetros largo. Pero un mal disparo, en un mal día, ha acabado con ello. Y con ella. Para siempre.

César, que nos escuchaba detrás de la barra acertó a decir:

—Eso sí que son gajes del oficio.

Seguimos bebiendo y esta vez brindamos, primero a la salud de ella, luego a la del amor perdido, y finalmente por el amor nunca declarado. Como dice Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

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