CAPÍTULO 8. MOHA Y JUAN

Mohamed, Moha, era un marroquí cincuentón mal conservado que se ganaba la vida con la venta ilegal de lo que fuera. Calvo, regordete y bajito, de cara gastada, su aspecto afable hacía que la gente lo recibiese con mayor cariño del que correspondía a un vendedor ambulante. Como un bisturí oxidado, su mal aspecto no impedía una ejecución certera en el negocio. Frecuentaba el Roca, siempre hacia las diez de la noche. Un buen pescador que sabía bien dónde y cuándo apostarse. Decía que esa era la mejor hora, que con el bar lleno y la parroquia animada tras los primeros tragos, las ventas eran más fluidas. En su sucia y vieja mochila a simple vista sólo se veían películas de mala calidad y CDs de temporadas anteriores, pero la bolsa abultaba mucho más que esas minucias. Nunca ofrecía droga, pero como buen croupier, ayudaba a que cambiase de manos. El fin de un buen comercial –decía– es satisfacer las necesidades del cliente, sean cuales sean.  Pero él no era más que un mero intermediario. De hecho todos sospechábamos que era su mujer quien manejaba el negocio gordo y fino, quien obtenía y cortaba la droga. Ella era la culpable de la mala mercancía que había acabado con la vida de mi amigo El Puma. Pero eso sí, a ella apenas se le vio la cara, siempre permanecía en la sombra. No tenía rostro, tenía consecuencias.

El Puma había sido amigo del barrio desde que éramos chavales. Crecimos juntos y fuimos juntos al colegio, pero con la adolescencia comenzó a frecuentar otras amistades. Se juntó con la banda del Yiyi, que hacían vida en otro bar, El Rodri, más conocido por ser sede de trapicheos de drogas. Así comenzó a tontear con los porros y las pastillas, para acabar con la coca. Por ahí fue cuando acuñó el apelativo de El Puma, en relación a la marca del chándal que siempre vestía. A esas alturas ya siempre iba vestido en chándal, uniforme oficial de los yonquis. Un chándal semi limpio para negocios muy sucios. Solía decirme: –Juan, las pirulas están bien para un rato, desconectar y relajarte, para desinhibirse y acercarte a la gente. Pero la coca, ¡Ay amigo, eso es otra historia! Con la coca me convierto en el mejor orador del mundo, y la elocuencia, facilidad de palabra y rapidez de pensamiento hacen que un político parezca un disléxico a tu lado–. Con lo que no contaba el puma era que aquella coca tan cortada le proporcionase además de la retórica, convulsiones y un infarto masivo que se lo llevó por delante. La droga no hace prisioneros, se deshace de ellos.

Me dolió mucho la muerte del puma. En el fondo le apreciaba mucho. Había sido un tipo sencillo que nunca se metía en problemas. De consistencia débil y pusilánime, aquello le llevó a engancharse de todas las drogas conocidas. Un buen chaval, que no pudo salir de aquella mierda, y a quien una mala partida de polvo blanco que parecía nieve y arrastraba veneno se lo llevó por delante.

Unos meses más tarde de su muerte decidí recurrir a los servicios de Moha. –Moha le pregunté en el Roca, buscando un rincón algo más discreto. —Necesito algo muy especial. Moha me miró y sonrió como adivinando la naturaleza ilegal de lo que necesitaba, y que por supuesto, me iba conseguir. Necesito balas de 9 milímetros. Son para… y sin dejarme seguir me dijo: No hace falta me expliques más. Yo ti consigo lo que necesites. Sólo dime cuánto necesites, dos o tres cajas. Y adelántame cien euros para poder convencer alguno, y qui algún otro mire para otro lado.

A los quince días, entre unos paquetes de calcetines me entregó las cajas de munición. –Gracias–, le contesté. –Un piacer hacer negocios, amigo–, me dijo mientras se retiraba discretamente. Nunca le expliqué que las balas tenían como destino a su propia mujer.

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