CAPÍTULO 7. JOSÉ ÁNGEL Y JUAN

Varias rondas en El Roca habían llevado la conversación entre Jose Ángel y yo por muy diversos derroteros. Delirios geniales de barra y gin-tonic, que diría Alvite. A José Ángel, como diría el propio Ernie Loquato, la oscuridad le ayudaba a ver las cosas claras. En aquel momento habíamos aterrizado en el campo de la Fe y de la creencia en Dios. Yo le había dicho que era ateo practicante, pero José Ángel, por alguna razón, no acababa de creérselo. Tratando de aclararlo, él me preguntó entonces que porqué, si de verdad era ateo, de vez en cuando iba a misa los domingos. Me quedé pensando, y entonces decidí contarle una historia:

—Dice un viejo proverbio que “quien siembra tamarindos, nunca recoge tamarindos”, –aludiendo a los 80–90 años que tarda este árbol en dar sus primeros frutos–. Y esta historia que te voy a contar es la historia de un joven viajero que recorría las lejanas tierras del Tíbet. En un momento de su larga caminata por los valles y colinas de un país tan natural como espiritual, llegó a las inmediaciones de un templo budista. El templo en sí no le llamó especialmente la atención, no era tan colorido y alegre como los que había conocido al sur, de cultura Tamil. Lo que le llamó poderosamente la atención fue un monje que estaba plantando tamarindos en el terreno adyacente, a pesar de encontrarse en la hora más cálida del día. Su dedicación y concentración parecían absolutamente ajenas a la alta temperatura del momento, y se le adivinaba afanado en su propio objetivo de cultivar, sin hacer caso a las condiciones externas. El joven, al ver a aquel monje tan dedicado y absorto plantando tamarindos, le vino a la mente el viejo proverbio, y se animó a preguntarle:

—Maestro, buenos días. Dime, si puede saberse, en tu infinita sabiduría ¿por qué plantas tamarindos, si nunca recogerás el fruto del tamarindo?

El monje se incorporó, y tras secarse el sudor de la frente miró fijamente al joven, y le contestó.

—Quizá esperes que te diga que lo hago por respeto a mis dioses, como una ofrenda de vida y fruto. Otra posibilidad es que pienses que lo hago porque ese es mi destino en la tierra, a lo que nuestro creador me ha encomendado en este paso temporal y efímero. Hay quien piensa que lo hago pensando en las futuras generaciones. Es cierto que yo nunca recogeré esos tamarindos. Pero joven viajero, no esperes respuestas transcendentales. Siento defraudarte si tus expectativas estaban puestas en alguna de las respuestas anteriores. No. No es ninguna de ellas. La verdad es que si planto tamarindos es simplemente porque me entretiene. Y quizá por una razón aún más poderosa: El miedo a dejar de hacerlo. A no saber qué puede pasar si dejo de hacer lo que llevo haciendo muchos años. Imagina que pudiese ser algo terrible, desconocido pero irreversible. Imagina que no hacerlo es en sí un castigo, el no hacer algo que puedo hacer, aun sin saber por qué lo hago. Imagina que mañana el mundo dejara de girar, el sol de salir, o la lluvia de caer. Sería el fin. Y las cosas suceden sin una razón concreta. Simplemente suceden. Por eso yo planto tamarindos. Lo hago simplemente porque puedo hacerlo, y más importante, porque no tengo necesidad de dejar de hacerlo.

Tras escuchar con atención la historia, José Ángel, copa en mano me preguntó:

—Entonces, ¿a qué hora vamos el domingo a misa?

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