CAPÍTULO 6. JOSITO
Josito era de todo menos diminutivo. Era lo que se dice un auténtico… bueno, me ahorro el adjetivo que me viene a la mente y que al final del capítulo, cada uno le catalogue. Midiendo casi metro noventa, contenía más de cien kilos de mucho músculo y poca paciencia. Josito solo tenía un problema: nunca discutía. Si había algún tema que no le gustaba, lo resolvía a leches (perdón JA, a hostias). Una vez el “terremoto” le mentó a la madre. Acto seguido fue al suelo, detrás de sus dientes.
Pero
no siempre fue así. Hubo un tiempo en que era el niño modelo, querubín de postal,
monaguillo de vocación y misa semanal paseaba la hucha del Domund el domingo
que tocaba y ayudaba a las viejecitas a cruzar la calle. Pero una tarde de
verano todo cambió. Camino de un pub en la calle Orense donde había quedado con
los colegas, cuatro personas que hablaban entre sí en caló le salieron al paso:
—Danos
lo que lleves—, le increparon. Josito, por entonces poco amigo de las broncas
les dio todo lo que llevaba.
—Y
el reloj—, le gritaron los rateros.
—No me jodais, el
reloj no os lo doy ni de coña! No porque valga mucho, que no vale nada, sino
porque es el reloj de mi difunto padre y el único recuerdo que me queda de él.
—Nos
importa una mierda de quien fuera, danos el peluco ahora mismo—, le dijeron
mientras le ponían la navaja en el cuello. Josito comenzó a sentir una rabia
interior como jamás había sentido, poseído más por la pérdida sentimental que
por el robo en sí. Sin pensarlo dos veces le propinó un puñetazo en la boca del
estómago al que le amenazaba, haciendo que cayese doblado al suelo sin
poder respirar. Acto seguido, de forma instintiva y fulgurante le soltó un
codazo en la boca al de su derecha, y una patada en sus partes al de su
izquierda. Con tres de ellos en el suelo, el cuarto, más pequeñito y cobardón,
echó a correr.
Josito,
que por entonces aún creía en la justicia y en la sociedad, se fue directo a poner
una denuncia en comisaría.
—Chaval,
te voy a explicar algo que siempre negaré haber dicho —, le espetó el
comisario. —Tristemente aquí no vamos a resolver nada, ni a detener a nadie, y
mucho menos a llevarlos a juicio. Lo que tú has hecho, lo de darles su
merecido, es lo mejor que se podía hacer.
Fue
a partir de ahí que Josito se convirtió en alguien distinto. Pragmático. Resolutivo.
Alguien que pasó a zanjar los problemas por el camino del medio. Nunca más
volvió a discutir con nadie, no era necesario si podía hacerse entender con lenguaje
corporal. Hostilidad antisocial lo llaman los modernos. Tener calle
lo llamamos los demás.
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