CAPÍTULO 18. CARLOS, EL MAQUINISTA

Carlos era un asiduo del taburete del fondo de la barra del Roca. De unos 60 años y complexión gruesa, de esa que ahora llaman fuerte, destilaba tranquilidad y ese aspecto de bonachón que es fácil de detectar, pero complejo de definir. Su mirada ligera transmitía una tristeza de fondo, se adivinaba una sombra apenas disimulada por el brillo de sus ojos, enrojecidos y algo llorosos, quizá por los años, quizá por la pena. Durante las horas tempranas de la noche, que era cuando coincidíamos en el Roca, a Carlos siempre le veías beber cerveza. Nunca le vimos borracho, pero daba la impresión de estar sedado de forma constante. Se le notaba sereno, hierático, impasible. Era como si se hubiera simbiosado todo en uno, un mismo elemento formado por la esencia del bar y su propia presencia. Una misma unidad, sin altibajos, sin estridencias. La foto de Carlos podría salir en la Wikipedia como definición del habitante–tipo de un bar, sencillo representante de la clase media, un ciudadano random de una ciudad cualquiera. Tranquilo en sus formas y dejes, apacible, siempre sentado en la atalaya que formaba su taburete, apenas cruzaba algunas palabras puntuales, principalmente con César, sin mayor relevancia ni intención de transcendencia: algún comentario de las noticias del día, o una opinión sobre el partido de la noche anterior... nada significante. Carlos nunca cerraba el bar, más bien lo abría, desde media mañana ya estaba tomando un café y una tostada, para después dedicarle al entorno muchas horas, y pasar allí el día. Sin embargo, siempre era de irse de los primeros. A pesar de haberse jubilado como conductor de trenes de carga hacía unos años, seguía madrugando mucho, sin faltar ni un solo día, todos y cada uno de lunes a viernes, siempre, salvo en época de vacaciones escolares.

Es cierto que no necesitaba madrugar tanto, y sin embargo, día tras día se levantaba a las seis de la mañana, a pesar de que hasta las ocho menos cuarto ellos no llegaban al cruce. Pero prefería prepararse con tiempo, con una ducha tranquila y reponedora, y un café bebido, pues ya disfrutaría más tarde del desayuno en el Roca. Tras ello tocaba el turno de vestirse, ponerse aquel llamativo chaleco amarillo y asegurarse de llegar puntual. Desde que ella murió necesitaba hacer aquello cada mañana. Era la única forma que había encontrado de sentirse algo mejor, como si con ello fuese a devolverle la vida. Reparar lo irreparable.

Al igual que nosotros en el Roca, el barrio ya se había acostumbrado a su presencia y de forma callada se había ganado el respeto de todos. Cada mañana se plantaba en el paso de peatones frente al colegio, para parar el tráfico y asegurarse que todos los niños cruzasen de forma segura. Todos menos su hija.

Comentarios

Entradas populares de este blog

CAPÍTULO 4. MARÍA

CAPÍTULO 1. EL ROCA

CAPÍTULO 5. VÍCTOR