CAPÍTULO 17. UPE
Con Upe me veía esporádicamente, marca de la casa y chaleco salvavidas tanto en esta como en otras relaciones. Si tuviera que describir a Upe brevemente, diría que era una potranca, jamelga, Hembra con mayúscula y usted imagínese los atributos que quiera. Respecto a su carácter, era explosiva, de prontos repentinos, tajante, de blancos y negros, luz o sombra. Era como el fuego, o quema o se apaga, no hay término medio. Con la conversación había que ir con mucho tiento, pues si tocabas alguno de sus temas tabú, sabías que iba a estallar.
Aquella noche nos habíamos citado en el Roca para tomar
algo. Tenía que sacarle un tema que seguro no le gustaría: debía desaparecer de
la ciudad por un tiempo, serían semanas, quizá meses. Y lo peor es que no sabía
cuándo iba a volver. Eso si volvía. Para preparar bien el escenario pedí un
buen vino que atemperara el momento. Siempre me han sorprendido los efectos que
tiene el vino. Es capaz de conseguir lo imposible. Enzima reactiva que logra que
posturas distantes se acerquen, disolvente que funde ideas contrarias. O que
momentos de estrés y tensión tornen repentinamente en un mar en calma, ondulado,
sedante y embaucador. Poción mágica en botella de tres cuartos. Lo cierto es
que César no tenía mucho vino donde elegir, así que un Toro Gran Colegiata fue
el tercer invitado a la cena. Decidí que corriera el binomio tiempo/vino, y
tras los ibéricos y una segunda copa, saqué el tema. Su reacción, aunque ya esperada,
me sorprendió por su inmediatez. Explotó sin más. Fue como un petardo que
explota prematuramente en la mano, como el globo que revienta antes de llegar a
inflarse del todo. Recibí en el primer round una buena andanada de insultos
varios, directos y ácidos, bastante originales algunos, todo hay que decirlo (“eres
como un paraguas roto, pareces útil pero no sirves para nada”, “gracias por no
estar ahí cuando se te necesita, total, ya estás ausente incluso estando
presente”, “si tienes algo bueno es que tu ineptitud es predecible”, “eres experto
en llegar tarde al compromiso y pronto a la decepción”). Tras esto le pedí que
fuera comprensiva, que no podía hacer nada al respecto, que me diese un
argumento de su desproporcionado enfado.
—¿” Vete a la mierda” te parece un buen argumento? —me
dijo ella mientras dudaba entre tirarme la copa de vino a la cara o levantarse
e irse del Roca. Pero el vino le estaba sabiendo muy rico. Hubiera sido un
verdadero desperdicio arrojármelo, cayendo en una bajeza demasiado vulgar para
ella, como dejar de disfrutarlo frente a una persona que, le gustara o no,
nunca la dejaba indiferente.
—¿Te das cuenta? — le dije —. Ahora mismo dudas de
qué hacer con el vino, si tirármelo encima o disfrutarlo. En el fondo es como
la vida misma, el yin y el yang, dolor y placer. Como yo, — le decía mientras
le guiñaba un ojo.
—Tienes razón, encanto, pero en tu caso hay
demasiado yin, así que… —dijo ella mientras miraba fijamente a la copa de vino,
para finalmente alzar la cabeza y decir con determinación: —¡César, por favor!
otra copa de vino. Y luego hablaremos de ti, cielo. Ahora mismo tengo cosas más
importantes entre manos. El vino seguirá a mi lado, tú no. Él es necesario, pero
tú eres contingente.
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