CAPÍTULO 16. EMIL
Aquella semana había hecho mucho frío. Las calles de Madrid se habían cubierto de nieve, algo raro para ser Madrid, y más aún a principios de diciembre. A partir de las siete de la tarde la gente se agolpaba en el Roca en busca de algo de calor, físico y emocional. Refugio urbano de un frío rural lejano e inesperado. La panda nos íbamos congregando paulatinamente, pero siempre el primero en llegar era Emil. Emil era un migrante (antes diríamos emigrante, pero el lenguaje moderno se cuida muy mucho de evitar sesgos de perspectiva con resignificaciones sociolingüísticas) Moldavo que había dejado atrás una vida de pura supervivencia. Como él solía decir, ꟷsi alguien tiene que morir, que sea otroꟷ. Bien dicho. Pero esa forma de entender la vida era así de extrema en sí misma. No le dolía quitarse de en medio a quien fuera si podía interferir en su bienestar o el de los suyos, pero al mismo tiempo pertenecía a esa escasa raza que aún practica el sentido de la lealtad. Alto, de complexión delgada que sugería esconder un cuerpo musculado, duro y fibroso, con un chasis liviano y fuerte, para percutir y correr todo en uno, conformaba en definitiva una persona con la que era mejor llevarse bien.
Sus
primeros trabajos en España fueron de lo que surgió, debutando como segurata
nocturno, puerta de disco, o puntuales encargos de reclamos de deudas, con
recadito incluido. Me había confesado que estos últimos eran los que más
beneficio le generaban. —El mundo de la deuda y su cobro son
los activos financieros más buscados y para los que no hay ley ni orden.
Emil
guardaba verdadero cariño a aquel grupo del Roca. En aquellos cinco años habían
sido su única familia. No hablaba mucho de sí mismo. Alvite diría que Emil
escribía su historia con goma de borrar, sin dejar rastro ni impronta. Vestía
humilde, con la elegancia del este y el oro brillante como seña de identidad. Lo
bueno que recordaba lo había vivido con aquella banda, ya fuera compartir unas
cervezas, jugar a las cartas o sacar a bailar a alguna despistada.
Aquella
noche estábamos él y yo solos en el Roca. Con el segundo gin-tonic le pregunté
que qué era lo que le había traído a España.
–El
amor– me contestó, cosa que me sorprendió enormemente, pues para mí era
absolutamente desconocida su situación emocional.
–¡Ah!
no sabía que tuvieses aquí una amiga– le dije.
–Y
no la tengo. Te explico. Mi amor vive en Moldavia. La conocí en mi pueblo, de
jóvenes, era de mi grupo de amigos y comenzamos a salir. Con los años nos
fuimos a vivir juntos y compaginábamos su trabajo de camarera con el mío, por
aquel entonces, de transportista. Que la droga no se mueve sola, ya sabes.
Nuestra relación comenzó muy bien, pero por motivo de mi trabajo, cada vez
tenía que pasar más y más tiempo fuera. Ella no lo llevaba muy bien, siempre me
decía que se sentía muy sola. A mí, aunque tampoco me gustaba pasar semanas
fuera viajando por toda Europa, no me quedaba otra opción, era mi única forma
de ganarme el sustento por aquel entonces. Pero con el tiempo pasó lo que tenía que
pasar. Un día me engañó con un tipo de allí. Fue muy desagradable, les pillé en
casa una tarde que volví antes de tiempo. Entenderás que tuve que
matar a aquel tipo, claro. Y así fue cómo llegué a España. Aunque mi país no es
ejemplo de eficiencia policial, decidí poner kilómetros de por medio y dejar
que las cosas se enfriasen, antes de volver a por lo que es mío. Porque volveré
a por ella, a recuperarla. No pienso dar por perdido el que es el amor de mi vida–,
me dijo. Y siguió bebiendo tranquilamente, como quien espera sin prisa la
llegada del autobús, sabiendo que éste llegará cuando tenga que llegar.
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