CAPÍTULO 15. MÓNICA Y CARMINA

Por aquellos días estaba centrado en dar un golpe, con pinta de poder ser un gran golpe. Me habían pasado un chivatazo y había mucho dinero de por medio. Se trataba de Mónica, una viuda recién estrenada que poseía una considerable fortuna. Era una mujer de unos 55 años, que conservaba un bello rostro y una bonita silueta, femenina y serena. Gustaba de vestir bien, y nunca escatimaba en sus dos pasiones: la ropa y la lectura de cartas. Aunque se había dejado ver por el Roca muy de cuando en cuando, la fama de su fortuna la precedía y por ello era bien conocida en el barrio. Tras la muerte de su adorado marido se encontraba en la fase de resetear y empezar de nuevo. Era lo suficientemente mayor como para saber lo que quería, y lo suficientemente joven como para buscar una nueva pareja. En cuanto me enteré de la situación decidí comprar mis boletos e ir a por el premio.

Un encuentro que pareció casual en el Roca, gracias a la medicación de José Ángel, hizo las veces de presentación. Y a partir de ahí todo fue comenzar un fino trabajo de minería, refinado, pulido y orfebrería emocional. Unas primeras citas para tomar café condujeron a las siguientes con cena, copa y colchón.

Después de un breve pero intenso período de noviazgo que consideré había macerado lo suficiente, decidí pasar a la fase dos del plan: casarme con ella. Así que, tal y como dictan los cánones, en nuestra siguiente cita hinqué la rodilla y le regalé un anillo que, si todo iba bien, acabaría pagando ella misma. Sin embargo, de inicio me rechazó. Tenía dudas sobre si debía dar aquel paso, me decía que apenas me conocía aún. Entonces se me ocurrió la idea de llevarla a ver a mi amiga Carmina. Carmina era adivina, vidente, bruja, meiga, o cualquier otra descripción que supusiese poder saber lo que nadie sabe, o ver lo que nadie ve. Carmina era una mujer de enorme presencia. No hacía falta verla, se la sentía. Era de esas personas que llenan el espacio donde van. Su aura, extendida por su halo, voz profunda y carcajada abierta, absorbían el entorno circundante como un agujero negro las estrellas. Cuando entraba en el Roca, lo completaba. Carmina era risueña, directa e incisiva en la proximidad, armas que usaba para abrir y desarmar a la más hermética de las personalidades. Era como un bisturí certero y preciso en un maremágnum de sentimientos atrincherados. Una vez te pillaba el resquicio, penetraba sin piedad hasta el fondo de tu alma, como el amor en un adolescente. Y había desarrollado esas dotes para generarse grandes beneficios con el siempre rentable negocio de la cartomancia y adivinación.

Con el fin de avanzar en mi plan de amor y garbanzos, llevé a la viuda al Roca a fin de propiciar el encuentro. Allí estaba Carmina, como el faro que todo lo alumbra y controla, a todo y a todos. Según entré me presintió, y sin dilación me soltó:

  Lárgate de aquí, hoy estoy disfrutando con amigos, y no voy a echarle las cartas a nadie. Ni a ella, ni a ti.

  Carmina, por favor, le he hablado muy bien de ti, y tiene una pregunta que hacerte.

  Ya os he dicho que hoy no estoy de guardia. El don de ver y leer el futuro no me impide correrme una buena fiesta cuando me plazca.

Me costó convencerla, pero la presencia de la viuda, que la miraba embelesada con ojos de admiración y excitación a la vez, acabaron por hacerla ceder.

  Está bien, pero sólo con ella, y sólo contestaré una pregunta.

Nos sentamos en una mesa, y César nos facilitó una baraja de cartas. —Las de mus valdrán dijo Carmina—, el futuro no varía si son bastos o son picas.

Carmina le echó las cartas, las estudió con atención y gesto serio, concentrado, como quien lee el borrador de la declaración de la renta, y finalmente, mirando a la viuda a los ojos, le dijo lentamente, dejando que cada palabra la inundase: —Si no lo haces, te arrepentirás toda la vida.

Tras pronunciar aquella frase se levantó y volvió a la barra con sus amigos. Nosotros también nos levantamos. La viuda, aunque callada estaba sonriente, con cara relajada, de haberse quitado un enorme peso de encima, y me miraba con una sonrisa plácida y bobona. Con cariño y sin decirme nada me cogió de la mano y los dos nos encaminamos hacia la puerta. En ese momento me di cuenta de que no me había despedido de Carmina, y le dije a la viuda —Déjame que me despida de ella, espérame fuera —. Solté su mano y volví a la barra. Al llegar a su altura ella volvió a sentir mi presencia, se giró y mirándome fijamente a los ojos me dijo: —Vaya papelón me has hecho hacer, Juanito. Me debes una, y muy gorda. Ya habrá tiempo de que me lo pagues. Y ahora vete, no la hagas esperar, no sea que se enfríe el embrujo y se arrepienta. Y tú, añadió con cierto peso en sus palabras, vete y disfruta, pero, sobre todo, cuídate mucho, ¿vale?

Lo que no me dijo es que, si el As de copas había representado a la viuda, junto a ella le había salido mi carta, el as de Espadas, símbolo de la muerte.

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