CAPÍTULO 14. CHRISTIAN
De joven había sido un tipo apuesto, deportista. Alto, ojos claros y ancho de espaldas, los años, los kilos y los litros habían ido moldeando su figura ayudándolo a pasar desapercibido entre la parroquia del Roca. Alvite querría haber dicho que Christian era un tipo como surgido de las entrañas de una noche agitada. Pero no, no era así. Era Christian el que agitaba las entrañas de la noche. Trabajó vendiendo boletos de lotería y productos afines, donde en poco tiempo gestó una buena fortuna… más de lo que podría esperarse. Los números no cuadraban en la central de apuestas, pues siempre vendía más participaciones de las que correspondían. Pero, sobre todo, lo que más le lucraba era la compra de billetes premiados para ayudar a blanquear dinero de la mafia local. Respecto a su otra afición, Jaime Urrutia diría que tenía querencia a la barra, bien fuera la del Roca o la americana, ya que no hacía feos a ninguna. Comenzó gastándose algo de dinero en cerveza y vino, y acabó gastando algo más en orujo. Su voz no sonaba, destilaba aguardiente. Aun así, siempre fue un tipo pudiente que construyó un gran patrimonio fruto de su abnegada tarea de distracción de capitales y blanqueamiento, no de dientes precisamente. Una vez le sonrió el amor. O, mejor dicho, le ligaron. Judith era una desconocida que apareció de repente en el Roca para tiempo después no volver a dejarse ver. Pequeñita, delgada, vestida siempre como para salir corriendo de una manifa, su flequillo de corte abertzale en una cabeza almendrada no evocaba precisamente a la diosa Afrodita. Poco sabíamos de su origen, pero eso, en el Roca, era moneda corriente, sello de identidad y a la larga, un seguro de vida. Judith era una conocida de una amiga de alguien, quién sabe. Apareció sin más, fijó presa en Christian, y en menos de lo que tarda en desaparecer la espuma de una caña se fueron a vivir juntos.
Una
mañana Christian ya no despertó. Le encontraron muerto en su cama, sin pistas de
lo que podía haber pasado. De Judith, ni rastro. La policía, perdida. El
forense dictaminó que había muerto de parada cardio-respiratoria. Blanco y en
botella, si se te para el corazón y dejas de respirar es muerte segura. Tantos
años de carrera para esto... En fin, a lo que vamos. Causa de la muerte,
desconocida. Unos días más tarde nos dimos cita unos cuantos en su funeral, y un
poco más tarde en el Roca, muchos más. El tema de conversación giraba en torno
a la posible causa de su muerte. La repentina desaparición de Judith era muy
sospechosa. Alguien también comentó que la casa de Christian había sido allanada,
y todas las pistas apuntaban a la mafia de la lotería, tratando de encontrar
los miles de euros desfalcados por él durante años. —Pero no
fueron ellos —, especulaba Moha, ahora en su papel de soplón del
barrio, siempre bien informado. A pesar de todas las hipótesis, sólo años más
tarde supimos más sobre las circunstancias que rodearon su repentina muerte, cuando
de forma casual vimos la noticia en TV. En Venezuela habían dado con el
paradero de una etarra que llevaba años en orden de busca y captura. A la
Interpol le costó encontrarla pues la fugada vivía a todo trapo, algo extraño e
incoherente en un etarra, siempre fiel a un modus vivendi modesto y de perfil
bajo. Pero ella no pudo disimular la enorme fortuna que poseía, y no nos costó
reconocer en la imagen de la detenida a Judith. Ésta se había fugado a
Venezuela años antes con toda la pasta, plata, lana, guita, mosca o tela que pudo
arramplar. Y cuando la preguntaron por el origen de este patrimonio, de alguna
manera Judith nunca mintió:
—Fue
la herencia de mi difunto marido, que Dios tenga en su gloria, desde que una trágica
noche de borrachera, una almohada sobre su cara le negó el aliento. Antes de
este desafortunado episodio él había sido tremendamente afortunado al ganar muchísimo
dinero, y a mí, con él, de alguna manera me tocó la lotería.
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