CAPÍTULO 13. VIRGINIA

Si buscamos a Virginia en la Wikipedia nos diría que era una superviviente de la vida, aunque más bien la vida le sobrevivía a ella. De ese tipo de gente que tanto frecuenta el Roca, caracteres que son directos al hígado, combatientes que no hacen prisioneros. Gentes que actúan y callan. De Virginia también podríamos decir que era guapa, de talla media, y con tan buenas curvas que perdonaban su falta de cintura, mayormente social. Solía dejarse caer por allí con sus amigas del gimnasio, de las cuales hablaré en otro momento. Volviendo a Virginia, no era fácil que se dejase invitar por cualquiera. A ella le gustaba tomar la iniciativa. Era de esa clase de mujeres que se conocen raramente, de las que cuando quieren algo, simplemente lo cogen. A Virginia le gustaba el ron en copa donde no cupiese una lágrima. Era más de salidas de emergencia que de entradas triunfales. Mujer en mayúsculas, profunda como un suspiro, con buen aguante en lo físico y más en lo mental, y unas facciones duras pero no tanto como lo había sido su propia vida. Había perdido a sus seres más queridos. Su primer marido era fumador. Ella lo definía así porque un día se fue a por tabaco, y hasta ahora. Luego, en las raras ocasiones en las que se decidió a enamorarse, siempre pinchó en hueso. Con el sexo ocasional como atajo había tenido algo más de éxito. Muchas veces José Ángel le había tirado la caña, y en ocasiones ella le había aceptado, lo que él atribuía a su encanto, si bien todos sabíamos que ella era quien decidía dónde, cómo, cuándo y con quién. Durante la semana Virginia se ganaba la vida en un modesto comercio de barrio donde lo controlaba todo, desde el stock de material caducado que colocaba prioritariamente, hasta cuadrar la caja, ya fuera la “A” o la “B”. Pero Virginia arrastraba en su mirada una luz fría que transparentaba un amargo recuerdo. Una mirada profunda, oscura, más absorbente que un agujero negro. Su hermana había fallecido repentinamente por una enfermedad de rápida evolución, hacía ya algún tiempo. Virginia nunca fue persona efusiva ni cariñosa, y no haberse despedido de su hermana diciéndole que la quería era algo que tenía clavado muy adentro. Era un remordimiento de los que producen jaqueca y mareo a la vez. Pero ella no dejaba de recordarla, y lo que más deseaba en la vida era poder mandarle un mensaje, una simple frase de “me acuerdo mucho de ti”. Virginia con el tiempo encontró la forma de mandarle recuerdos a su hermana. Y fue así.

Una noche hubo una riña en el Roca. Un grupo de macarras del barrio, horteras de bolera ya borrachos estaban molestando a Virginia y sus amigas. José Ángel, Josito, Carlos y yo decidimos intervenir, obviamente más por diversión que por indignación. Salimos fuera del Roca y comenzamos la pelea. Rato después aquello no iba ni para un lado ni para el otro, como el agua de un charco. Entonces Virginia dejó a las demás mujeres contemplando la escena desde el Roca y decidió salir y pasar a la acción. Entre toda la trifulca, uno de los macarras, grande como una montaña, se encontraba encima de José Ángel, inmovilizándole y a punto de romperle un brazo. Virginia llegó por detrás, y de una forma elegante y sibilina ejecutó un movimiento envolvente más propio de una boa constrictor. Con el brazo izquierdo le atenazó el cuello y con la mano derecha le plantó una navaja en el costado, clavándole muy despacio la faca hasta el fondo, mientras con toda la calma del mundo le susurraba al oído:

—Ahora por imbécil, vas a hacer un laaaaargo viaje, y por favor, cuando llegues allí, que no se te olvide esto: dile a mi hermana que la quiero.

Lo siguiente que supimos de Virginia fue que pasó tres años en Alcalá Meco, módulo de mujeres. Allí no hizo muchas amigas, y salvo las de su círculo más próximo, nos dijeron que apenas se le acercaba nadie. Se había corrido la voz de que, cerca de Virginia, cualquiera corría el riesgo de convertirse en la siguiente postal para el más allá.

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