CAPÍTULO 12. ROSI
Rosi era la madame del puti del barrio. Del tugurio no hablaré mucho, nada diferente de cualquier otro humilde lupanar de barrio, eso sí, limpio, agradable, acogedor, sencillo, lo había decorado como si fuera un hotel con encanto. Hablaré de ella, que hay mucho de lo que hablar. Rosi contaba ya 80 años, los cuales había transformado uno a uno en visión empresarial. Cazadora de oportunidades y transformadora de riquezas, con los años consiguió reunir una pequeña fortuna. Pero antes había sido muy distinto. Se casó muy joven, única salida de emergencia al patriarcado asfixiante que la rodeaba. Pero se casó enamorada, muy enamorada, que lo cortés no quita lo valiente. Adoraba a su marido. Lo quería, lo respetaba, lo veneraba. Era imposible querer más de lo que ella quería a su marido. Sin embargo, la vida, siempre presta a darte una puñalada trapera, los estaba esperando a la vuelta de la esquina. Rosi enviudó joven, él se apagó en silencio, quien sabe si por exceso de amor o por defecto de atención a cosas tan triviales como lo malo que es el tabaco. Habladurías lo del tabaco, ya entre nosotros.
Rosi
se quedó sola, desamparada. No era luto, era mucho más. Un dolor sordo y
profundo, surgido del interior del corazón. Un llanto diario e incontrolable que,
como diría Robe, apagó hasta el infierno. Su vida se sumió en una deriva
inestable, sin timón, rumbo ni capitán al mando.
Fue
entonces cuando, en un momento de serenidad sobrevenida, decidió montar el club
nocturno que regentaría por 30 años, el Luciana Night Club. Poco a poco
el negocio fue creciendo. Y la clave de su éxito, tratar a las chicas como si
fueran sus hijas. Ella las quería, y ellas la querían. Las cuidaba, las mimaba.
—La salud
siempre lo primero, decía —, mejor perder un servicio que una buena prostituta—. Jamás dejó que les
pusieran una mano encima. Y pagaba muy bien, la que más de todo Madrid.
Un
día en el Roca me dijo: —Juan, la clave es tener las mejores chicas. Las más
guapas y cariñosas. Tienen que ser las mejores. Sólo las mejores. Ellas me
permiten subir precios, me traen más clientes, y mira por dónde, la magia de la
multiplicación de estos factores hace que gane más dinero. Y para todo ello
solo hay una fórmula: tratarlas mejor que cualquier otro proxeneta.
Rosi
no había necesitado hacer un MBA para saber el sota, caballo y rey de cualquier
negocio. Cuida a tu equipo y ellos te harán rico.
Un
día le pregunté que porqué éste negocio y no otro. Estaba convencido que ella
podría haber triunfado en cualquier otra cosa, fuera la venta de bosones de Higgs,
lágrimas de cocodrilo o humo con propiedades medicinales. Ella me dijo: —Cuando enviudé me quedé
tan huérfana de amor, de la mágica energía que surge del roce y contacto piel
con piel, que decidí devolverle al mundo el cariño, el sexo y las caricias que
yo ya no podía darle. Eso sí, previo pago de su importe, que como comprenderás,
la nevera no se llena sola.
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