CAPÍTULO 11. CARLOS
Estábamos todos en el Roca esperando con impaciencia recibir a Carlos. Parece que fue ayer pero ya habían pasado dos años y medio desde su condena de cárcel al pillarle vendiendo coches robados. Cuando apareció por la puerta todos comenzamos a gritar y darle abrazos. Algo más delgado y cano, mostraba una amplia y cálida sonrisa. Estaba relajado como una tarde de domingo. Entre rondas de cervezas y gin-tonics nos fue amenizando la noche con sus batallas en la cárcel. Se le veía bien, ligero, tranquilo, maduro. Parecía reinsertado y con cara de haber saldado cuentas con el mundo. Contaba que no le habían tratado mal en Soto, y sus compañeros de trullo no habían sido de lo peor que podría haberle tocado.
En
un momento en que nos quedamos él y yo a solas, me preguntó que qué tal me iba.
—Pues
no me puedo quejar—, le dije. —Ahora ando mirando para comprarme un coche, el
anterior está muy cascado y para mis chanchullos lo necesito—, le expliqué. Se
me quedó mirando un momento, y me preguntó:
—¿Te
gustaría tener un BMW X5?
—¿Un
BMW? —le pregunté sorprendido. —¡A quién no le gustaría tener un BMW! Pero
mucho me temo que no me lo puedo permitir—, le dije.
—Tú
por eso no te preocupes, puedo conseguirte uno a mitad de precio.
—Pero
¿no te irás a meter de nuevo en líos? —le pregunté.
—Imposible—,
me dijo. —No creerás que mi estancia en la cárcel ha sido inútil. Mi
reinserción ha sido muy productiva, pagado gracias a la generosidad del
contribuyente. Me he informado de cómo hacer mejor las cosas. Ahora mis vías de
abastecimiento son perfectamente alegales. Me los traen de Europa del Este, a
través del Sáhara oriental, donde son rematriculados, y donde la Interpol no
actúa. Y como no hay convenio con España para la devolución de coches robados,
problema resuelto. Te apunto un X5 entonces, —me dijo. Me guiñó el ojo, y
siguió bebiendo con la sonrisa de quien recupera su lugar. En libertad, eso sí,
solo hasta nueva orden. De compra o de arresto, ya veremos.
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