CAPÍTULO 10. CARLOS Y JOSÉ ÁNGEL

Carlos era difícil de describir, cuasi asemántico, de personalidad inefable y pensamiento indescifrable. Cualquier intento de definirlo se queda corto. Un tipo a caballo entre lo canalla y lo sublime. Él se definía como contable, pues contaba los días por negocios, la vida como una cuenta corriente, y si le pedías legalidad, mejor no contar con él. Se le daban muy bien los números. Quería más a su calculadora que a sus hijos. Ingresar más, y pagar menos era su máxima en la vida, lo llevaba tatuado en el pecho. Los mafiosos y chanchulleros se lo rifaban, él se conocía bien los vericuetos de las leyes fiscales. Porque como él decía, hecha la ley, hecho el resquicio. Por ello llevaba las cuentas de todos los que frecuentábamos el Roca. Con él teníamos la certeza de que, si algo se podía hacer para maquillar los números, su ordenador se convertía en una barra de labios de Chanel. Carlos se había formado en la universidad a distancia. Así no interrumpía las clases cuando pasaba una temporada a la sombra. Siempre se enorgullecía y vanagloriaba de que además le había salido gratis. Decía que no se arrepentía de haber pasado cuatro años en la cárcel, porque en esos años se sacó la carrera de empresariales, pagado por las arcas públicas, y con el único objetivo de recuperar posteriormente del estado lo que en unidades de tiempo le habían quitado.

Aquella noche estaba con José Ángel, apoyados los dos en la barra del Roca.

—Debes intentar que tus hijos tengan la doble nacionalidad, José Ángel —, le decía Carlos. —Ya que son hijos de un español y una alemana, lo tienes muy fácil.

—Ya, si lo he hablado con su madre, pero no es fácil, hay mucho papeleo y hay que pagar tasas que no son baratas precisamente.

—Sí, pero piensa que es un trámite que lo haces ahora y ya queda para siempre. No vaya a ser que luego cambien las leyes y ya no se pueda.

—No, si eso ya lo sé. Pero tampoco creas que yo le veo el romanticismo a eso de la doble nacionalidad. Esa sensación de tener dos patrias, o de que te reconozcan el doble origen de tus raíces, de tu cultura y tus antepasados…

—¿De qué me estás hablando? Si yo te recomiendo que los chicos tengan la doble nacionalidad es porque estoy pensando en cosas prácticas, como que luego les será más fácil escapar de hacienda, ocultar cuentas en el extranjero, o cobrar una doble pensión. Te estoy hablando de cosas serias, de transformar la invención burocrática del nacionalismo en un rendimiento del capital. Transformamos naciones y banderas en fajos de billetes. Seamos prácticos y deja las cursilerías patrióticas para discutir con tu cuñado en la cena de navidad.

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