CAPÍTULO 3. JUAN
Iría ya por la tercera cerveza en el Roca, quizá la cuarta. Sí, la cuarta. Y me sorprendí preguntándome si esto sería bueno para mi salud, o si me estaría matando por dentro, por la zona del hígado mayormente. Por aquel entonces había habido mucho debate entre la opinión pública sobre si el alcohol era tan perjudicial como lo pintaban algunos, según estudios médicos publicados al respecto. Parecía obvio que, tomado en grandes cantidades y alcoholes de alta graduación, era nocivo. Y tanto para el famoso hígado, saco de boxeo de todo exceso etílico apaga penas, como predisponente de distintos tipos de cáncer. Pero también existía la teoría de que el consumo moderado de alcohol aumentaba los niveles de colesterol bueno. Y que el alcohol estaba ligado a la dieta mediterránea, famosa por sus propiedades saludables y por prolongar la vida media de sus poblaciones. Una parte importante de los efectos beneficiosos de ésta se debían a aquél, y a su capacidad tanto antioxidante como cardio-protectora. Tampoco era un secreto que las culturas mediterráneas regaban sus comidas con cantidades nada timoratas de vino y cerveza. Sea lo que fuere, la esperanza de vida era mayor en estos países mediterráneos que en sus vecinos del norte de Europa, más dados a las grasas animales, natas, salsas y cremas varias, hijas todas del mismo demonio.
Y con el bienestar de la cebada líquida guiando mis
elucubraciones sobre la vida comencé a pensar en su némesis, la muerte. A pesar
de que por edad no esperaba a la parca en el corto plazo, por un simple tema de
probabilidades, ésta siempre acaba llegando. Pensaba que la especie humana
lleva millones de años progresando, dominando el entorno y adueñándose de su
hábitat. Ha domado la naturaleza, minimiza sus accidentes climatológicos, crea
agricultura y ganadería, la energía, el calor y la luz. La humanidad sigue
evolucionando, expandiéndose, por millones, de generación en generación. El
hombre se ha impuesto sobre todas las especies, a base de procrear, expandirse
y mejorar. Y machacarlas, todo sea dicho. Esto me llevó a caer en que, como
individuos, no importamos, Solo somos miembros de una mega-estructura vital que
sigue desarrollándose de forma imparable, siglo tras siglo. Y cuando paras a
pensar en ello, y en los individuos como elemento único que somos, ser humano
que nace, crece y muere, yo me planteaba ¿para qué esta vida? , ¿Para qué
nuestra existencia como individuos? , ¿Tiene sentido algo más que lo que hay
aquí, ahora, y entre nosotros? , ¿Vale la pena todo este sacrificio para
finalmente acabar en el sueño eterno?
César me vio pensativo, y me preguntó, más por amabilidad
que interés:
−Qué, ¿dándole vueltas a algo importante? Dime si
quieres la última, que voy a cerrar.
Sí, debe ser algo importante. La muerte es el final de
la partida. Game over. Preferí no pensarlo más, y pedí otra cerveza. A
ver si a base de antioxidantes cardiosaludables consigo llegar a la prórroga.
Por mi parte, que no quede.
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