CAPÍTULO 2. LA GENTE DEL ROCA
Nunca fue un sitio elegante, ni lo pretendía. La primera vez que fui al Bar Roca fue, como en tantas ocasiones, de forma casual. El grupo, con Josito, Carlos, José Ángel, Emil, Poncho, Víctor y yo buscábamos un garito donde poder descansar un rato tras habernos deslomado durante toda la semana, en esto y en aquello, cada cual en sus cosas y chanchullos. Y mientras, regarnos el gaznate con unas cuantas cervezas, seguramente caerían tres o cuatro rondas, acompañadas de algo más que de aceitunas y servilletas. El Bar Roca lo reunía todo. Había mesas de tasca y sillas desiguales, del siglo pasado, suficientes para sentar a la mitad de la parroquia. Espacio pequeño pero bien aprovechado, suficientemente limpio, aceptablemente despejado. No era agobiante en exceso, pero siempre había gente. La decoración brillaba por su ausencia, era un bar funcional, puramente un abrevadero social, preciso, pensado exclusivamente para dar de beber y comer algo con celeridad. La cerveza era Mahou y César la tiraba lo bastante fría y espumosa, un seguro de vida para los dipsómanos presentes. Tras la dura semana, un pincho de tortilla o unos montaditos de panceta nos sabían mejor que un lenguado Meuniere de La Máquina. César, a la sazón dueño, encargado, camarero y chica de la limpieza, era un tipo que engañaba. Cesar es como Ernie Loquato, dueño del famoso Club Savoy, de esa especie de tipos escarmentados por la vida que ya solo se dan prisa para dejar pasar el tiempo. César, nacido en un pueblecito de León, había llegado a Madrid de niño, donde como tantos otros aterrizó siendo parte de la mudanza familiar por cambio de trabajo paterno. Muy pronto se puso a buscar empleo, apenas acabados los estudios. En aquel momento la hostelería era una salida rápida, aceptablemente pagada, y con mucho futuro en una ciudad a la que le pasarán muchas cosas, pero a la que seguro nunca le sobrará un bar nuevo. Poco más sabíamos de su pasado. Siendo un tipo afable como corresponde a cualquiera que regente un negocio de cara al público, apenas nos hablaba de su historia. Pero intuíamos que algo escondía. Sí era notoria su afición por el boxeo. Las diversas fotos repartidas por las paredes del bar, donde se podía ver a Berdonce, “el tigre de Tetuán”, campeón de peso súper ligero salido del barrio, denotaban su gusto por ese deporte. Y sospechábamos que su implicación con el boxeo había sido algo más que pura afición. Pero huidizo y prudente como la vida las enseña a sobrevivir a los que nada tienen, nunca nos quiso aclarar a qué se había dedicado concretamente en ese mundo. Una noche conseguimos que Bernardo, un conocido suyo que andaba de paso por la ciudad, hablase más de la cuenta tras calentarse el pico con unos magnos. Bernardo nos dijo que César había hecho sus pinitos en el mundo del boxeo, y que incluso llegó a calzarse los guantes, camino de ser profesional. Sin embargo, algo sucedió que ni él bien sabía, y nunca más volvió a subir a un ring. Bernardo nos avisó ꟷCon César es mejor llevarse bien, porque tenerle como enemigo no es bueno para la salud —. Era obvio que César escondía bajo su aspecto bonachón, de abuelete canoso, metro sesenta, espalda ancha e indisimulada barriguita cervecera, una personalidad de no andarse con chiquitas si las cosas se torcían. Yo sólo le vi ponerse nervioso en una ocasión. Aquel día un borracho estaba molestando a la parroquia del bar creando muy mal rollo con sus voces y salidas de tono. Había cogido una buena tajada y en un momento dado estaba tratando de apoyarse en la barra con un codo, y la copa en la otra mano mientras hacía torpes equilibrios en el taburete. En su estado de absoluta embriaguez no captaba, o no quería captar las indirectas que César le había lanzado para que cerrase la puerta del bar por fuera. Tras el enésimo trago a su cubata se desequilibró, cayendo de espaldas sobre los paisanos que ocupaban la mesa contigua. César salió de la barra tan rápido que casi no pudimos ni verlo, agarró al beodo por el cuello y lo llevó en volandas a la calle, demostrando con ello que la levitación es un desafío físico resuelto. Allí le propinó tan solo media leche, suficiente para propulsarle a dos metros de distancia. Aquel mensaje fue más que suficiente para hacerle entender al ya ex-cliente que el Roca le quedaba proscrito de por vida. Como dice César, —los borrachos a veces también se merecen una buena hostia —. Quizá fue en ese momento en el que el boxeo y el cuidado del negocio, las dos grandes pasiones de César se dieron cita nuevamente.
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